Resumen
Internet y el e-learning han
sido perjudiciales para la
educación y la formación. Una
inmensa mayoría ha visto en el
e-learning el instrumento
perfecto para hacer el menor
esfuerzo posible, virtualizar
los materiales que ya tenían,
ponerlos en la web y hacerlos
accesibles a sus empleados
gastando lo mínimo y ahorrando
lo máximo. La consecuencia no es
ninguna sorpresa: lo que sabemos
que no funciona en presencial y
aderezado además con su dosis de
tecnología, que queda muy bien
en los tiempos que corren. Se ha
optado por lo más rápido y lo
más barato que rara vez
significa lo mejor. Por tanto lo
que se resiente es la calidad:
El resultado es que la gente no
aprende.
Índice
Primer
pecado: Las personas aprenden
escuchando o leyendo.
Segundo pecado: El
Tecnocentrismo, la tecnología
por delante de las personas.
Tercer pecado: Infocentrismo, la
información por delante de las
personas.
Cuarto pecado: Los colegios y
universidades saben lo que
necesitamos aprender para vivir
en la sociedad del siglo XXI.
Quinto pecado: El aprendizaje
ocurre independientemente de la
motivación.
Sexto pecado: La mejor solución
es una solución Blended
(presencial – virtual).
Séptimo pecado: El Conocimiento
es explícito y transmisible.
Bibliografía
“La curiosidad es la forma
superior de sabiduría”. (Pablo
Picasso).
Hace un tiempo, un amigo, Iñigo
Babot, me contaba una divertida
anécdota. Un colega suyo tenía
de visita en su casa a unos
amigos suecos que viajaban con
su hijo de corta edad. En un
momento dado, el niño formuló
una pregunta en sueco a su padre
quien primero puso cara de
sorpresa y luego no puedo evitar
reírse. Cuando el anfitrión
preguntó que era lo que
intrigaba al niño y hacia tanta
gracia a su padre, éste tradujo
la pregunta: El niño quería
saber la razón por la que el
teléfono del salón estaba atado
con un cable y si es que era
para que nadie lo robase.
Nos agrade o no, vivimos en un
mundo en el que la tecnología
hace ya tiempo que juega un
papel preponderante, inundándolo
todo. Y no me refiero únicamente
a Internet. Dependemos de la
tecnología para viajar, para
cuidar la salud, para
comunicarnos, para el ocio, para
la ciencia, para fabricar
productos ... Está ahí aunque no
la veamos. Hoy la distancia no
se mide en kilómetros, se mide
por la velocidad en que podemos
comunicarnos. Muy pocos en el
mundo de la empresa se imaginan
desarrollar su trabajo sin un
ordenador y el día que falla el
suministro eléctrico e incluso
cuando no podemos navegar por
Internet o acceder al correo
electrónico tiene lugar un
fenómeno interesantísimo: Nos
quedamos como huérfanos
desamparados, con los brazos
cruzados, sin saber que hacer,
pensando: ¿Cómo se las
arreglaban para trabajar sin
ordenadores hace 20 años?
Exactamente lo mismo que pasa en
muchos hogares cuando de repente
la televisión se estropea.
Triste pero cierto. La
tecnología es transparente hasta
que deja de funcionar, igual que
la salud.
El titulo del artículo tiene un
propósito concreto. Internet y
el e-learning han sido
perjudiciales para la educación
y la formación. Muchos expertos
reconocen que la llegada de
Internet ha supuesto un freno e
incluso un paso atrás respecto a
las experiencias que los
usuarios disfrutaban en la época
del CD/multimedia. Una inmensa
mayoría ha visto en el
e-learning el instrumento
perfecto para hacer el menor
esfuerzo posible, virtualizar
los materiales que ya tenían,
ponerlos en la web y hacerlos
accesibles a sus empleados
gastando lo mínimo (al fin y al
cabo son los mismos manuales de
siempre), y ahorrando lo máximo
(desplazamientos, alojamientos,
coste de oportunidad, etc.). La
consecuencia no es ninguna
sorpresa: lo que sabemos que no
funciona en presencial y
aderezado además con su dosis de
tecnología, que queda muy bien
en los tiempos que corren. Se ha
optado por lo más rápido y lo
más barato que rara vez
significa lo mejor. Por tanto lo
que se resiente es la calidad:
El resultado es que la gente no
aprende. No contentos con esto,
además proclaman, por ejemplo,
que el e-learning garantiza
mayor retención. ¿En base a qué?
O también lo justifican diciendo
que el e-learning reduce el
tiempo para aprender. Se reduce
en desplazamientos pero no en
dedicación y esfuerzo del
alumno. Además lo que acaba
ocurriendo demasiado a menudo es
que el aprendizaje ahora corre
por cuenta del tiempo libre del
empleado.
No se trata de reducir el tiempo
dedicado a la formación, se
trata de ampliarlo. No se trata
de gastar menos sino de invertir
más. No podemos simplificar las
cosas a ese nivel tan burdo.
Aquí no hay atajos, no podemos
engañarnos a nosotros mismos
llenándonos la boca de términos
como sociedad del conocimiento o
capital humano y al mismo tiempo
hacer justo lo contrario.
Ahora bien, el enfoque de este
artículo no está orientado a la
tecnología porque la tecnología
no es ni el problema ni la
solución de los males que
paralizan a la formación y a la
educación. La tecnología es un
gran acelerador de procesos y
modelos cuando estos funcionan
adecuadamente. Lo que ocurre es
que añadir tecnología a un
modelo deficiente no sólo no lo
mejora sino que lo empeora. Y
esta es exactamente la situación
que hasta ahora se ha vivido en
todo lo relacionado con el
e-learning y de ahí que los
resultados obtenidos hayan sido
tan pobres y decepcionantes
teniendo en cuenta el
maravilloso panorama que se
había pronosticado. No crean que
exagero. Hace un mes he tenido
la oportunidad de participar por
segunda vez como juez en los
Brandon Hall Excellence in
e-learning Awards 2004 donde se
presentan empresas de todo el
mundo con sus mejores productos
y he podido comprobar los mismos
temores que hace un año.
Creo que merece la pena comenzar
haciéndonos la siguiente
pregunta ¿Cuál es el impacto que
ha tenido la tecnología en la
educación? Desgraciadamente el
impacto ha sido nulo. Vivimos
una intensa revolución
tecnológica pero la educación
apenas ha hecho nada para
adaptarse al nuevo perfil de
alumno que ha aparecido hace ya
algún tiempo. Así como un
científico, un soldado o un
médico del siglo XIX sería
incapaz de manejarse en un
laboratorio, un campo de batalla
o un quirófano actual, un
profesor sin embargo no tendría
ningún problema en adaptarse,
situarse ante la pizarra, tiza
en mano, y rememorar la conocida
frase de Fray Luis de León:
“Como decíamos ayer…” ¿Es esto
lógico? Las autoridades
políticas y económicas se llenan
la boca con palabras como
“innovación” y “emprendimiento”.
¿Dónde está la innovación en el
aprendizaje?
Sin embargo, hay algo que
debemos agradecerle a la
tecnología y es que nos ha
obligado a pensar y debatir
sobre asuntos que poco tienen
que ver con la ella. Nos está
sirviendo como excusa para
repensar un modelo educativo y
formativo que lleva demasiado
tiempo instalado entre nosotros
y que está generando excesiva
frustración. Y esto no es lo
peor, estamos cegados por un
paradigma conformista. Sólo una
minoría se atreve a “blasfemar”
afirmando que si no provocamos
una autentica revolución en la
forma en la que tratamos de que
aprendan las personas para vivir
en la sociedad del siglo XXI,
corremos el peligro de ahogarnos
estancados en un circulo vicioso
cada vez más asfixiante.
Debemos reconocer que nuestra
cultura, economía, religión y
educación no han sido demasiado
exitosas humanamente hablando:
Los avances son sobre todo
tecnológicos. El mundo jamás ha
conocido un nivel semejante de
progreso. Sin embargo, las
guerras continúan, las
enfermedades no desaparecen
(Sida, Cáncer), las
desigualdades se acrecientan al
igual que la delincuencia, el
racismo y la intolerancia,
degradamos la naturaleza sin
cesar … y, esto sólo le ocurre
al hombre pero no le pasa al
resto de seres vivos que sufren
las consecuencias de nuestra
locura. El siglo XX ha sido
terrible en muchos aspectos.
¿Qué estamos haciendo mal?
¿Somos más felices hoy? ¿Por qué
nuestros abuelos no entienden
cuando les hablamos de estrés?
¿Existe un problema educativo
asociado? Pienso que si. La
educación que estamos dando a
los niños ha estado basada en la
obediencia, la competencia, el
miedo y la culpa en lugar de la
colaboración, el respeto y la
autonomía. El error se penaliza
y se castiga en lugar de
aprovecharse como oportunidad de
oro para innovar y progresar.
Esos niños crecen y se
convierten en adultos
generalmente egoístas y
temerosos. No debemos obviar que
en la niñez diseñamos gran parte
del camino que luego vamos a
recorrer en la vida.
Mi objetivo en este artículo es
señalar algunos Pecados que nos
paralizan y nos impiden provocar
este quiebre que permita que la
educación salga de ese estado de
hibernación y anquilosamiento en
el que lleva demasiado tiempo.
La educación y la escuela eluden
la cuestión fundamental: Todas
las matemáticas, toda la física
o toda la historia del mundo no
ayudarán a hacer más felices a
las personas, no hará de ellos
mejores ciudadanos ni mejores
profesionales. La sociedad sigue
impulsando la aplicación y el
estudio como virtudes y
considerando el inglés y la
geometría como educación.
Obligar a aprender y a estudiar
es como obligar a profesar una
religión. Simplemente no es
real. Aprender es como ir al
gimnasio, ahora que vivimos la
era del fitness. Es un proceso
largo, exige sacrificio,
constancia. Nadie esperaría
ningún tipo de resultado
estético o de salud por ir al
gimnasio durante una semana y no
volver más. De la misma forma,
nadie debe esperar resultados
por asistir a un curso, por muy
sofisticado y atractivo que
parezca.
Antes de empezar con los
Pecados, una ultima reflexión
acerca de la tecnología: No
olvidemos que la tecnología sólo
es tecnología para los que
nacieron antes que ella (el niño
sueco es un ejemplo palpable).
Se está produciendo un recambio
generacional de usuarios
tecnológicos que tendrá
consecuencias decisivas. Los
alumnos han cambiado y no solo
por la ropa que visten o la
música que escuchan sino que han
sido sometidos a diferentes
experiencias de exposición y uso
de las tecnologías digitales
(pasan 4 veces mas horas viendo
la TV que leyendo). Asumir que
los alumnos son iguales y por
tanto los métodos tradicionales
sirven igual es un error. Los
jóvenes que desde hace algunos
años se están incorporando al
mundo laboral, son ya
multiplataforma, nacieron en un
ambiente digital, no van a
aceptar trabajar y aprender si
no es empleando lo que para
ellos siempre han sido sus
herramientas naturales: El
ordenador, Internet, teléfono
móvil, Messenger o el P2P
iniciado por Napster forman
parte de su organismo, es casi
un derecho de nacimiento,
siempre han estado con ellos.
Estar conectado es una
necesidad. El hipertexto es la
regla y la secuencialidad es la
excepción. Es lo que Marc
Prensky señala cuando diferencia
entre “nativos digitales” frente
a los “inmigrantes digitales”.
Los inmigrantes hablan con
acento, les cuesta entender y
por tanto expresarse
digitalmente. Exactamente lo que
sucede con varias generaciones
de adultos afectados por este
fenómeno. Y no nos engañemos,
casi la totalidad de los
políticos que gobiernan en
nuestra sociedad y de los
directivos que manejan las
empresas pertenecen a ese
colectivo de inmigrantes. Los
analfabetos digitales son ya los
nuevos parias de la sociedad del
conocimiento. Seamos lo
suficientemente inteligentes de
no pensar únicamente en
nosotros.
“Tenemos que preparar a los
jóvenes para afrontar su futuro,
no nuestro pasado”. (A. Clark)
Primer pecado: Las
personas aprenden escuchando o
leyendo.
“Lo que tenemos que
aprender, lo aprendemos
haciendo”. (Aristóteles)
En el léxico del e-learning,
aprender es casi sinónimo de
hacer cursos. En la educación,
suele ser sinónimo de
rendimiento académico, de sacar
buenas notas. En realidad,
aprender es algo mucho más
complejo y también más
maravilloso. Si fuese tan obvio,
bastarían los miles de libros,
cursos y seminarios que surgen
cada año y que no son más que
una reedición de los de años
anteriores.
Es un error pensar que una
persona aprenderá
automáticamente por el hecho de
exponerla a determinada
información, colocándola frente
a un profesor o, en su lugar,
ante unos contenidos
digitalizados. Las personas no
aprenden escuchando o leyendo.
La rancia tradición que todos
hemos vivido consiste en un
profesor que se supone que sabe
y explica lo que sabe, y un
grupo de alumnos que se supone
que escuchan y aprenden.
Demasiadas suposiciones. En el
modelo “yo sé, tú no sabes, yo
te cuento”, el profesor hace el
95% del trabajo cuando quien
debería hacer el esfuerzo
realmente es el alumno, que es
quien necesita aprender.
Y es otro error, relacionado con
el anterior, pensar que
validamos el conocimiento a
través de un examen. En un
examen, lo que medimos es la
memoria pero nunca el
entendimiento, medimos la
capacidad de aprobar exámenes
pero no si el alumno ha
entendido, si ha comprendido el
por qué. Y no importa mucho que
2 meses después el examinado ya
no recuerde gran cosa. ¿Sería
mejor nuestro mundo si todas las
personas hubiesen sacado
matriculas de honor en sus
exámenes de matemáticas?
¿Alguien cree que la mejor
manera de educar a los
ciudadanos críticos y autónomos
que demanda la sociedad actual
es a través de clases
magistrales? ¿Qué hay en una
clase que no haya en un libro?
Sólo las respuestas a preguntas
imprevistas de los alumnos, cosa
poco frecuente por lo demás. Los
alumnos, sobre todo en la
universidad, descubren que
pueden faltar a clase y les va
igualmente bien. El resultado de
este modelo lo conocemos todos:
Lo que se memoriza se nos olvida
(pensemos en cuantos exámenes de
los que hicimos durante la
carrera seríamos capaces de
aprobar a día de hoy) y lo que
recordamos no somos capaces de
aplicarlo. En el caso del
e-learning, asumimos que los
alumnos aprenderán leyendo y
evaluamos lo que recuerdan a
través de tests de respuesta
múltiple (con humor denominado
click & sleep). La experiencia y
el sentido común nos dice algo
totalmente diferente.
Las personas aprenden:
• Haciendo (learn by doing).
• Persiguiendo objetivos que les
importan a ellos (motivación).
• Equivocándose y reflexionando
sobre cómo resolver los
problemas, por lo general con la
ayuda de alguien más
experimentado.
• En un entorno seguro, libre de
riesgos y con apariencia de
trabajo real que alienta la
experimentación, el
razonamiento, la toma de
decisiones y vivir las
consecuencias de esas
decisiones.
Hay dos aspectos a destacar en
este proceso: un aspecto externo
(lo que ve y oye el usuario
mientras aprende) y un aspecto
interno (lo que piensa y
siente).
Existe enorme confusión a la
hora de diferenciar entre
aprendizaje y conocimiento. El
conocimiento es el bagaje de lo
que ya tenemos (aunque muchas
veces no seamos conscientes).
Somos el resultado de nuestra
experiencia. El aprendizaje es
el proceso que tenemos que
seguir cuando no sabemos algo y
por tanto necesitamos crear
conocimiento y para lograrlo
debemos experimentar. Para
aprender tiene que existir
conocimiento generado
previamente por alguien,
generalmente un experto.
Todos hemos nacido con una
intrínseca pasión por aprender,
todos sabemos aprender, de no
ser así no seguiríamos vivos.
Hemos aprendido habilidades muy
complejas como caminar, hablar,
escribir, nadar, andar en bici,
conducir, liderar equipos,
escribir artículos … y lo hemos
hecho siempre de esa manera.
HACIENDO, cometiendo errores y
buscando la manera de
rectificar. Es decir, primero va
la Práctica y luego la Teoría,
algo difícil de aceptar para la
mayoría. Y si no creen que
aprender a hablar es complejo,
busquen cuantas maquinas conocen
con capacidad de mantener una
conversación.
Para ilustrarlo con un ejemplo
que todos hemos vivido en carne
propia, detengámonos unos
instantes en el aprendizaje
natural de los niños. Mi hijo de
6 meses no necesita saber
hablar, leer, escribir o ir a
clase para aprender una
impresionante cantidad de cosas
cada día. Los niños aprenden a
hablar porque sienten el deseo
incontenible de comunicarse,
aprenden a caminar porque
sienten el impulso de explorar
el fascinante mundo que les
rodea. Lo intentan, fracasan mil
veces y sus padres les ayudan y
les tienen toda la paciencia del
mundo hasta que por fin logran
su objetivo. No conozco ningún
niño que se haya deprimido en
ese proceso y haya decidido no
aprender a hablar ni a caminar.
Si se fijan, hasta que tenemos 6
años nos valoran por las
preguntas que hacemos, sin
embargo a partir de los 6 años,
nos empiezan a medir por
nuestras respuestas. ¿Qué ha
sucedido? El niño ha empezado el
colegio. La educación formal se
convierte en una camisa de
fuerza que neutraliza el interés
y el enorme caudal de motivación
que cada niño tiene por conocer
el mundo en el que vive. Nos
damos el lujo de desperdiciar
una energía de valor
incalculable. Evidentemente, el
modelo educativo que conocemos
es la manera más democrática de
ofrecer un acceso mayoritario de
los ciudadanos a la educación.
Si bien hace varios siglos, los
privilegiados que podían tener
acceso a la educación eran pocos
y por tanto existía una
proporción de un maestro para un
alumno (Aristóteles – Alejandro
el Magno), hoy en día el ratio
es de un profesor para 40
alumnos. En estas condiciones,
al docente no le queda más
remedio que recitar sus clases y
convertirse en una especie de
predicador. Además ese ratio es
el único modelo económicamente
viable, que resuelve también el
problema de cuidar a los niños
durante la jornada laboral
cuando ambos padres trabajan.
Son los peajes a pagar por
nuestro estilo de vida.
Pero prácticamente, esas son
casi sus únicas virtudes. Tener
a un grupo de niños durante
años, sentados en un aula 7
horas al día, escuchando la
clase de un profesor
determinado, el mismo día, a la
misma hora, sin poder hablar, en
un rol totalmente pasivo, no es
la mejor manera de afrontar un
proceso tan decisivo como la
educación y el aprendizaje. No
es la fórmula ideal para
prepararles para la vida que les
espera. Aunque la vida son
fundamentalmente relaciones y
convivencia con sus semejantes,
el momento para socializar es la
media hora del recreo. Los
adultos a duras penas somos
capaces de aguantar en un aula
más de una hora concentrados, y
eso si el profesor es brillante
y tiene verdaderas habilidades
de artista. En nuestro trabajo
nos cuesta un gran esfuerzo leer
de forma ininterrumpida un
documento de varias páginas. En
seguida nos despistamos cuando
se nos vienen pensamientos a la
cabeza, empezamos a buscar en
Internet y al cabo de un rato no
recordamos por donde empezamos
la búsqueda, nos llega un mail,
nos interrumpe el teléfono,
tenemos una reunión. No hay más
que ver el número de ventanas y
programas que tenemos abiertos
en nuestro PC. Estamos haciendo
varias tareas a la vez y en
paralelo. ¿Se imaginan entonces
lo que resulta para un niño ese
calvario que significa la
escuela? Imagino que sí, todos
lo hemos vivido y al final de
cuentas, lo que acabamos
recordando del colegio es a
nuestros compañeros, los
recreos, algunas experiencias
extracurriculares como
convivencias y campamentos,
anécdotas relevantes y uno que
otro profesor aislado que nos
dejó una huella particular. Si
el niño no disfruta del
aprendizaje, será difícil que
cuando sea adulto haya
incorporado el hábito y la
pasión por aprender. Sólo
podemos pedirle al colegio que
cumpla con el rol principal de
la educación: Enseñar a pensar
por uno mismo, a dudar, a
reflexionar y sobre todo no
aniquilar el deseo innato de
aprender. Para aprender, lo
primero que hay que hacer es
reconocer que no se sabe (cuanto
más sabes, menos dispuesto estás
a aprender) y sobre todo hay que
ser curioso, hay que querer
saber el porqué de las cosas,
hacerse preguntas. Sin embargo
la realidad contradice todo
esto. La escuela funciona bajo
el modelo de fábrica heredado de
la revolución industrial y
obviamente, para la mayoría de
los niños, se convierte en una
pequeña tortura. Se convierte en
una cárcel donde no pueden dejar
de mirar al reloj esperando la
hora de terminar para salir de
estampida. Ya ni siquiera la
espada de Damocles de los
exámenes o las malas
calificaciones les afectan. Los
niños en la escuela están
separados por edades y durante
mucho tiempo por sexos, el
conocimiento estructurado en
asignaturas, la educación básica
dura hasta los 18 años, las
carreras duran 5 años, tras la
universidad es necesario hacer
un master, por mucho aprendizaje
y trabajo en grupo que se
predique, los exámenes son
individuales y fomentan la
competición y no la colaboración
cuando en la empresa nadie puede
trabajar solo y lo que se valora
es el trabajo en equipo. ¿Por
qué? No he conseguido
averiguarlo.
Lo peor de esta herencia
centenaria es que se genera en
nosotros una inercia de asumir
el aprendizaje como algo
externo, que viene de fuera y
donde nosotros no somos los
auténticos protagonistas ni los
responsables. Por eso, cuando
queremos aprender algo nuevo,
automáticamente pensamos en
conceptos artificiales como
escuelas, aulas, cursos,
asignaturas, exámenes donde
esperamos que un profesor, nos
explique cómo son las cosas.
¿Cuántos hemos hecho un curso
para aprender a navegar en
Internet, usar el mail, etc.?
Increíblemente cuando un
profesor plantea una sesión
donde los que deben hacer el
trabajo son los alumnos, estos
reaccionan negativamente ya que
eso pone en peligro su estatus
de comodidad al que están
acostumbrados. Han perdido toda
iniciativa. Creemos que por el
hecho de escuchar o leer vamos a
ser capaces de aprender a HACER
eso que nos tratan de enseñar. Y
la realidad es muy distinta, el
aprendizaje surge de dentro
hacia fuera. Educare en latín
significa sacar hacia fuera lo
mejor de uno mismo. No somos
depósitos de un coche que hay
que llenar de gasolina.
La mayoría de la formación, sin
importar que sea presencial o
virtual, abraza este enfoque por
mucho que lo disfrace de casos
prácticos, discusiones en grupo,
comunidades virtuales, etc. Las
escuelas de negocios son
expertas en medir la
inteligencia de los alumnos por
lo brillante de sus argumentos
pero no por sus acciones, por la
implementación de sus
argumentos. La información no
produce conocimiento si no hay
práctica (comportamiento).
Obviamente, este artículo no es
conocimiento ya que por si mismo
difícilmente va a ayudar a nadie
a hacer las cosas de manera
diferente, no va a modificar
ningún comportamiento. Me
conformo con que sirva para
reflexionar y reconsiderar
algunas verdades reveladas como
inmutables.
Las escuelas de negocio se
apoyan en el método del caso
para pretender que su
metodología es eminentemente
práctica. Una de sus fortalezas
es el fomentar que los alumnos
aprendan unos de los otros. Y el
método del caso es un avance,
obviamente, pero peca de teórico
y muchas veces de irreal. Hablar
y discutir de algo no implica
saber hacerlo Los casos suelen
ser demasiado lejanos (yo no soy
director de RRHH de General
Electric, por ejemplo, y por
tanto no abordan mi realidad
diaria) y además buscan ir de lo
abstracto a lo concreto cuando
la realidad es al revés (extraer
principios generales de
situaciones concretas). Por eso
cada vez que no entendemos algo
pedimos que nos pongan un
ejemplo. Lo realmente
determinante es la motivación
por aprender y no tanto conocer
las respuestas, lo
imprescindible es conocer las
preguntas que las originaron,
hacerse las preguntas adecuadas.
Esta frase lo resume bien: Para
cuando me aprendí las
respuestas, me cambiaron las
preguntas.
Generalmente decimos "estoy
haciendo un curso" cuando
realmente no HACEMOS cursos sino
que leemos cursos, escuchamos
cursos porque HACER, no hacemos
nada, adoptamos una conducta
meramente pasiva. Los alumnos no
terminan aprendiendo, sino
olvidando. ¿Qué diferencia hay
entre estar en un aula oyendo a
un profesor y estar sentado
frente al televisor viendo al
presentador de las noticias del
Telediario?
Si se trata de que los alumnos
HAGAN, la palabra es practicar.
“Practice makes perfect”, la
práctica hace maestros. En
términos generales, no es un
tema de que las cosas sean
complejas, tan solo nos hace
falta practicar. Lo que debemos
evaluar es Comportamiento y no
Conocimiento. Es una ilusión
pretender que vamos a influir o
modificar el comportamiento de
la personas para que hagan las
cosas de otra manera por el
hecho de darles un discurso. Es
como pretender que un fumador
deje de fumar por que le
advirtamos de lo nocivo que
resulta para su salud. Y de nada
sirve que los alumnos memoricen
ingentes cantidades de datos, de
nada sirve que sepan toda la
teoría si eso no se traduce en
mejoras de desempeño, en que
hagan mejor su trabajo que es
por lo que nos evalúan y nos
pagan a fin de mes.
Para avanzar en esta dirección,
la estrategia tiene que ser
otra: Tú practica y cuando
tengas problemas, nosotros te
ayudamos.
¿Y esto qué significa? Pensemos
en un ejemplo muy sencillo: Los
simuladores de vuelo para
aprender a pilotar aviones. A
nadie se le ocurriría tratar de
enseñar a un piloto sentado
únicamente en un aula y a nadie
se le ocurriría subirse a un
avión sabiendo que el piloto ha
superado con éxito un examen
escrito sobre como volar, las
distintas partes del avión y la
geografía mundial pero que nunca
hubiera pilotado un aparato. Al
menos a mí no. Si está tan claro
en el caso del avión, ¿por qué
no lo aplicamos en la
ingeniería, la abogacía, las
ventas...y en todos los campos
del saber?
¿Por qué no aprender liderazgo,
negociación o ventas en un
entono con empleados y clientes
simulados? En un entorno
virtual, el alumno puede
aprender a desarrollar una
tarea, habilidad o proceso,
practicándolo en un contexto muy
parecido al real pero donde los
errores no tienen consecuencias
graves. La vida no se compone de
capítulos y asignaturas sino de
situaciones reales, relaciones,
conversaciones, ambigüedades y
conflictos con seres humanos.
Describir una situación NUNCA
sustituye a vivir y experimentar
esa situación. Debemos enseñar a
los alumnos a HACER en lugar de
a responder preguntas sobre como
HACER.
De unos años a esta parte, todo
el mundo está de acuerdo en la
importancia de la inteligencia
emocional, el best seller de
Goleman está en todas las
estanterías de los directivos
que se precien de serlo, sean de
RRHH o no. Pero ¿Dónde está la
IE en la formación? ¿Y en el
elearning? Si estamos de acuerdo
en que el Coeficiente
Intelectual no mide la
inteligencia, ¿Porque los
exámenes deciden tu futuro y te
lo condicionan? Además sabemos
que el CI ya no varía a partir
de los 10 años. El sistema
nervioso no distingue lo interno
de lo externo, para él todo es
externo, se comunica a través de
los sentidos. Los problemas que
enfrentamos cotidianamente no
vienen por la falta de
conocimiento ni de capacidades y
no se solucionan por la vía
racional, es un tema de
relaciones, es decir de
emociones y esto rara vez se
trabaja en las aulas
tradicionales ni en el
e-learning tradicional.
Es en este ámbito donde la
tecnología puede empezar a jugar
un papel decisivo. Las empresas
no se pueden permitir el enorme
costo de que los empleados
aprendan a partir de los errores
que cometen en sus puestos de
trabajo. Y además los seres
humanos somos muy sensibles al
hecho de equivocarnos en público
por el miedo al ridículo que nos
atenaza desde que empezamos el
colegio. La tecnología permite
realizar de manera muy adecuada
aquello que resulta difícil,
caro o peligroso dentro del
aula. Y permite distribuirlo a
costes muy razonables a grandes
cantidades de personas, que no
tienen por que coincidir ni en
el tiempo ni en el espacio. Se
acabó el numerus clausus, ya no
hay problemas de horarios, ni de
aforo, ni de aulas, ni de sillas
ni de profesores disponibles.
Hasta este punto puede que
muchos estemos de acuerdo. Sin
embargo la realidad sigue siendo
tozuda y si uno hace la prueba
de inscribirse al azar en un
curso presencial o virtual de
cualquier institución educativa
de buen nivel, se encontrará de
bruces con en el viejo paradigma
del Teach by telling o el tell &
test. La inercia nos gobierna y
resulta difícil desembarazarse
de ella.
“Que la educación no es un
asunto de narrar y escuchar sino
un proceso activo de
construcción es un principio tan
aceptado en la teoría como
violado en la práctica”. (John
Dewey)
Segundo pecado: El
Tecnocentrismo, la tecnología
por delante de las personas.
No tengo miedo de los
ordenadores, tengo miedo de la
falta de ordenadores. Isaac
Asimov
Esta es la historia de una
reunión de herramientas que
intentaban arreglar sus
problemas en una carpintería. El
martillo ejerció la presidencia,
pero la asamblea le dijo que
renunciara. ¿La causa? ¡Hacía
ruido! El martillo aceptó su
culpa, pero pidió que también
fuera expulsado el tornillo, ya
que había que darle muchas
vueltas para que sirviera de
algo. Ante el ataque el tornillo
aceptó también, pero pidió la
expulsión de la lija. Hizo ver
que era muy áspera en su trato.
La lija estuvo de acuerdo, a
condición de que fuera expulsado
el metro, que se pasaba el día
midiendo a los demás, como si
fuera el único perfecto. En eso
entró el carpintero, se puso el
delantal e inició su trabajo.
Utilizó el martillo, la lija, el
metro y el tornillo y la tosca
madera inicial se convirtió en
un bonito mueble. Cuando la
carpintería quedó vacía, tomó la
palabra el serrucho. «Tenemos
defectos, pero el carpintero ha
trabajado con nuestras
cualidades. Es lo que nos ha
hecho valiosos». La asamblea
encontró que el martillo era
fuerte, el tornillo unía, la
lija limaba asperezas y el metro
era preciso y exacto. Se
sintieron entonces un equipo
capaz de producir muebles de
calidad.
El tecnocentrismo es un hábito
inconsciente y muy extendido que
consiste en abordar los
problemas desde la tecnología.
He aquí una pregunta habitual
¿Es mejor el e-learning que la
formación tradicional? He aquí
otra pregunta igual de absurda
relacionada con la historia
anterior ¿Es recomendable la
madera para hacer buenas mesas?
Una de las conclusiones que se
desprende de la historia es que
lo más importante para hacer una
mesa no es la madera, ni los
clavos, el pegamento o las
herramientas sino el carpintero.
Aunque me regalasen toneladas de
caoba, yo sería incapaz de hacer
una mesa decente. Lo realmente
importante del aprendizaje es
que las personas aprendan a
hacer aquello que necesitarán
para hacer mejor su trabajo y lo
de menos es la modalidad de
aprendizaje o la tecnología
empleada. La tecnología no
resuelve nuestros problemas, no
responde las preguntas, son las
personas la que lo hacen. El
mundo es posible sin tecnología,
pero no lo es sin personas.
Creo que merece la pena precisar
también el concepto de TICs
porque hablamos con ligereza de
Tecnologías de la INFORMACIÓN.
En efecto, son de la INFORMACIÓN
y no del conocimiento ni del
aprendizaje, que es muy
distinto. La información se
transmite a través de las redes,
el conocimiento a través de la
educación, pero no de cualquier
educación. Vivimos una época de
adoración de la tecnología, se
invierte mucho dinero en
infraestructuras, en desarrollar
nuevas tecnologías mas rápidas y
potentes, incluso en desarrollar
cursos, pero muy poco en innovar
en lo relacionado con el
aprendizaje. Y ya va siendo hora
también de dejar de llamarlas
NUEVAS tecnologías. Hace ya
muchos años que conviven con
nosotros.
Hasta hace poco, el aprendizaje
formal era en 2D, plano, lineal
y donde la transmisión de
información se basaba en el
texto (estudiar un libro,
escribir en el examen). Sin
embargo la vida es
tridimensional, necesitamos los
5 sentidos para captarla en toda
su amplitud y el lenguaje
audiovisual tiene una riqueza y
una potencia incomparables.
Vemos la realidad a través del
vídeo de nuestros ojos,
escuchamos por el audio de los
oídos, sentimos. Sin embargo la
mayor parte de experiencias de
e-learning se basan en textos,
lecturas y ejercicios puramente
intelectuales que por si fuera
poco suelen estar bastante
divorciados de la realidad. Casi
todos los cursos presentan una
estructura secuencial y
obviamente para eso no hace
falta la web.
Parece evidente que las TICs
están cambiando nuestra forma de
comunicarnos, de relacionarnos,
de vivir (teléfono móvil,
e-mail, messenger, asincronía,
foros y listas de discusión) y
pronto también la manera en la
que aprenderemos. Estamos en
contacto cada vez con más gente,
en todo momento del día, de
muchas maneras (voz, escritura,
vídeo) en cualquier rincón del
mundo, gente de diferentes
países, culturas, valores. No se
trata de esperar la llegada de
la banda ancha, los móviles de
3ª generación o LMS más
potentes, se trata de un enfoque
antropocéntrico y no
tecnocéntrico.
Más preguntas absurdas. ¿Es
mejor una película por tener más
efectos especiales o estar
rodada en determinado sistema?
¿Depende la calidad de un libro
de que su autor lo haya escrito
a mano o utilizando un
procesador de textos? Según la
mayoría de expertos, el uso de
tecnología en el ámbito de la
educación va a tender hacia esos
derroteros: “simulation is the
killer application”. En palabras
de John Daniel, rector de la
Open University “Señoras y
señores, las nuevas tecnologías
son la respuesta. ¿Cual era la
pregunta?”. El ser humano
inventó la televisión y el cine
como prolongación del sentido de
la vista (llegar más allá de
donde puedo ver), la radio y el
teléfono (más allá de donde
puedo oír y hablar), el coche,
tren, avión para llegar más allá
de donde llegan mis pies y el
ordenador para llegar más allá
de donde llega mi cerebro. Una
Palm no es otra cosa que un
cerebro portátil que me recuerda
las reuniones que tengo o los
teléfonos de mis clientes y
contactos.
Recientemente me contaban una
anécdota de un profesor que
trató de impedir que un alumno
usara la calculadora. La
respuesta del alumno fue la
siguiente: si me demuestras que
eres capaz de hacer fuego con
dos palos, apagaré la
calculadora. Elocuente. La
discusión no es si usar la
calculadora o no, ya que forma
parte de su vida, sino como
usarla.
Si miramos hacia el futuro, la
Generación X (juegos), la
Generación Net (Internet) y la
Generación Pulgar (SMS, mando a
distancia) están acostumbradas a
ser protagonistas activos de sus
propias historias. El
aprendizaje lineal tiene
problemas con cerebros que han
crecido en el hipertexto, en la
no secuencialidad, en el PC y
los juegos y en surfear en
Internet. Escuchar es complicado
y muchas veces aburrido. Por esa
razón a los niños no les agrada
el colegio, no por difícil sino
porque se aburren. Cuando
escuchas, es fácil distraerse,
el cerebro vuela y uno se pone a
pensar en otras cosas que le
interesan o le preocupan. Y
escuchar también es más cómodo,
requiere mucho menos esfuerzo.
Sin embargo, hacer es divertido.
Cuando haces te involucras, lo
que estás haciendo te pertenece,
es algo tuyo. Cuando haces,
tienes los 5 sentidos en ello,
no te distraes ni te desconectas
tan fácilmente. Pero al mismo
tiempo hay que vencer la pereza,
hay que esforzarse, hay que
trabajar, nadie puede aprender
por nosotros como nadie puede
comer o dormir por nosotros. Es
un fenómeno personal e
intransferible.
Vivimos en un mundo que opera a
una velocidad endiablada, cada
vez deja menos tiempo para
reflexionar y para el
pensamiento crítico. Esto ocurre
así, lo queramos o no y por
tanto debemos hacer un esfuerzo
especial para que la reflexión
forme parte del aprendizaje.
La web es un gran medio de
distribución de información pero
no es el mejor medio para
provocar experiencias, para
practicar o experimentar. Por
eso la mayoría de los juegos
todavía vienen en CD Rom.
Deberíamos emplear la tecnología
sólo para aquellas cosas que no
podemos hacer, o para hacer
mejor las que ya hacemos. No hay
otra justificación. La meta, por
supuesto, no reside en saber
cómo funciona Internet como no
lo era el saber cómo funciona el
coche o el teléfono móvil.
La realidad sin embargo es
bastante obstinada. La mayoría
de lo que tenemos hoy sigue
siendo educación a distancia con
tecnología (hoy web, ayer TV,
vídeo, teléfono, fax, cintas de
cassette, etc.). Pero a fin de
cuentas, educación a distancia
tradicional, los mismos
principios que no han variado,
otro paso más en la evolución
natural de la educación a
distancia. La tecnología no
aporta nada pedagógicamente. Sin
embargo la forma en que los
adultos aprendimos ha cambiado y
ya no va a volver aunque la
educación formal no quiera darse
por enterada.
Internet es un medio de
comunicación y de socialización,
pero en el fondo es una red de
personas conectadas. Lo que
cuentan son las personas, no las
máquinas. Las máquinas no tienen
poderes mágicos, no convierten
noveles en expertos. Tenemos la
posibilidad de apagarlas. Los
bits pertenecen al mundo de los
átomos y no al revés. No
olvidemos que las tecnologías no
pueden ofrecernos las
metodologías para que las
personas construyan
conocimiento.
La mayoría de empresas piensan
por ejemplo que las habilidades
blandas no encajan en e-learning
porque implican interacción
humana, aunque a diario no
hacemos más que utilizar
tecnología para comunicarnos.
Sin embargo, la mayoría de
cursos presenciales sobre estos
aspectos son realmente débiles.
Yo hice en su momento un curso
de inteligencia emocional donde
jamás empaticé con nadie o un
curso de dirección de reuniones
donde en ningún momento dirigí
reunión alguna. ¿Es eso
efectividad? Si mi objetivo
fuese hacer una película a
partir de un best seller de
Michael Crighton, y para ello
proyectase cada página del libro
en la pantalla del cine,
cometería una barbaridad
inconcebible. Hoy todos
entendemos que la literatura es
un mundo con sus características
propias y el cine es otro
totalmente distinto, con sus
peculiaridades, ni mejor ni
peores, simplemente diferentes.
El cine permite sacar partido de
las tecnologías, aunque ello no
sea ninguna garantía de la
calidad del producto final pero
ese es otro tema.
Me pregunto ¿Qué sentido tiene
disponer de una buena conexión
de alta velocidad y reducir los
costes para acceder a unos
contenidos pobres y difícilmente
transferibles al trabajo diario?
¿O acaso todos tenemos el coche
más barato del mercado? ¿Y
vivimos en la casa más barata?
Como leía recientemente:
“usability is not the issue but
learnativity” no tanto
usabilidad sino aprendizaje.
El ordenador es un “doing
device”, un aparato para hacer
cosas y no para pasar páginas ni
para escuchar pasivamente. Para
eso ya está la televisión que
además te trata de dominar, te
emite, te arremete, te deniega
el control, apenas es
interactiva y casi te “obliga” a
cambiar de canal cada 10
segundos. La televisión emite lo
que ella quiere que veas, no lo
que tú quieres ver, es
manipuladora y como defensa
nació el zapping. Ante un
ordenador es casi imposible
dormirse, permanecer pasivos, es
más difícil aburrirse. Incluso
la postura en el asiento es
diferente, es impensable usar un
ordenador tumbado en un sofá. El
PC nos invita a actuar, a hacer
y tenemos el poder de elegir el
camino que nos interesa, podemos
decidir. Ahora bien, pulsar
iconos no es sinónimo de
Interactivo. La interactividad
no está en el click sino en el
think.
Aprender a través de un
ordenador no tiene nada que ver
con aprender en el aula, son
medios diferentes que exigen
enfoques diferentes. E-learning
no significa leer en la pantalla
del ordenador lo que antes
leíamos en un papel. Ni
multimedia (animaciones
espectaculares, sonidos,
imágenes, videos) es sinónimo de
aprendizaje, ni la tecnología es
capaz de inyectar el
conocimiento como quien se pone
una vacuna.
La tecnología no es la primera
pregunta que debemos hacernos.
Antes hay que pensar en qué
objetivos tengo (de negocio),
quien es mi audiencia, qué debe
aprender, por qué debe
aprenderlo y para hacer qué,
cuál es el programa formativo y
los recursos que les pueden
ayudar (contenidos, expertos,
herramientas de comunicación,
etc.), cómo voy a diseñar ese
programa y entonces, qué
tecnología es la que mejor me
ayuda a construir la solución.
Aunque se ha repetido millones
de veces, nunca se debe empezar
un proyecto decidiendo el LMS
que se va a usar.
La solución no es más
tecnología, más ancho de banda,
procesadores más rápidos.
Tenemos que hacer lo que se
necesita para la experiencia de
aprendizaje sea efectiva, no lo
que es fácil o barato. Y las
tecnologías nos pueden prestar
una inestimable ayuda en ese
intento.
“El ordenador es un medio de
expresión humana y si todavía no
tiene sus Shakespeare, Miguel
Angel o Einstein, pronto los
tendrá” (Seymour Papert).
Tercer pecado:
Infocentrismo, la información
por delante de las personas.
“No necesito saberlo todo.
Tan sólo necesito saber dónde
encontrar lo que me haga falta,
cuando lo necesite”. (Albert
Einstein)
Imagino que todos estaremos de
acuerdo en que la educación no
consiste en aprobar asignaturas.
No se trata de aprehender sino
de aprender y esto ocurre a base
de experiencias y emociones y no
de memorización de datos.
¿Alguien puede aprender a ser
padre sin pasar por la
experiencia de criar un hijo?
Tomando prestado el término de
Alfons Cornella, vivimos en la
era de la infoxicación, es decir
la intoxicación por información.
Ante tal avalancha de datos, lo
único que estamos logrando es
pasar de formar a informar y
acabar por deformar. En Internet
no se navega, en Internet se
naufraga. No nos hace falta MÁS
información. Lo que le debemos
pedir a un buen programa de
aprendizaje es que permita al
alumno realizar todas las
acciones que la vida exige a un
profesional de cualquier campo.
En este punto tomo prestada una
interesante reflexión de mi
colega Sergio Vásquez:
En lo que respecta a la
formación de profesionales
existe una queja recurrente, a
saber, que la formación de
dichos profesionales dista mucho
de ser eficaz. Es decir, no
estamos produciendo
profesionales que al terminar su
formación sepan HACER aquello
que se necesita para desempeñar
bien el trabajo al que están
destinados. La explicación a
este fenómeno es sencilla:
Nuestros sistemas de formación
producen personas que tienen
muchos conocimientos pero que no
saben ponerlos en práctica en el
día a día de las empresas y
organizaciones. Y esto ocurre
porque existe una gran distancia
entre la teoría y los métodos
enseñados en las aulas, por una
parte, y la práctica cotidiana
en el trabajo, por la otra.
El origen de este pecado de
nuevo está relacionado con la
manera en que tratamos de que
las personas aprendan, que no
tiene nada que ver con la manera
en que las personas aprenden
realmente. Como hemos explicado
anteriormente, consideramos que
enseñar es transmitir
información (que inocentemente
llamamos conocimiento) a través
de clases donde el profesor
"explica" cosas a sus alumnos.
La misión de los alumnos es
memorizar dicha información.
Para saber si la han memorizado
adecuadamente hacemos unos tests
de memorización de información
que llamamos "exámenes". Hay
casos donde la formación incluye
ejercicios de aplicación de los
conocimientos memorizados.
La realidad es diferente, los
exámenes no se hacen en papel,
el mundo, la vida con sus retos
es suficiente examen, de hecho
es el mejor examen. Nuestra vida
es de por sí una historia, llena
de personajes con quienes nos
relacionamos, roles que
desempeñamos, decisiones que
debemos tomar, etc. Los
problemas no se pueden
comprender intelectualmente, hay
que vivirlos. En la vida las
cosas no son tan sencillas como
en un examen, no hay respuestas
correctas, hay cosas que
funcionan y cosas que no. La
información no produce
conocimiento si no hay práctica.
Por tanto la memorización sin
correspondiente experiencia no
sirve de nada. ¿La vida es
racional? ¿Las situaciones en
que nos vemos envueltos tienen
una explicación racional y una
solución racional? Entonces ¿El
aprendizaje debe ser sólo
racional, intelectual? El
conocimiento lo construye cada
individuo a través de su
experiencia cotidiana y no lo
pierde al compartirlo. Por eso,
refiriéndonos al conocimiento,
decimos quién sabe de
negociación (persona) y sin
embargo cuando nos referimos a
la información preguntamos donde
está la información (cosa) sobre
negociación. Para convertirse en
un experto en un determinado
campo, es imprescindible
experimentar, acumular
experiencia, acumular casos. Por
eso un experto acaba siendo casi
una especie de mago, un
repositorio de casos, capaz de
predecir lo que ocurrirá en
determinadas situaciones
simplemente por que ya las ha
vivido. Como detallaré en el
último pecado, el conocimiento
no es lo que creemos que es, no
se transmite en un libro, en un
vídeo o en un curso. Y si ese
conocimiento no desemboca en
acción, en comportamiento, en
definitiva, en desempeño ¿de qué
le sirve a la empresa? Tiene que
servir a los trabajadores para
ayudar a gestionar y resolver
los problemas cotidianos de sus
puestos de trabajo.
Es una ilusión pensar que
enviamos a nuestros empleados a
hacer un curso en una empresa o
en una universidad, y que al
final del curso esa persona
sabrá "hacer" lo necesario en la
materia en cuestión: negociar,
gestionar proyectos, comunicar,
analizar finanzas, diseñar
software, psicoanalizar a una
persona, etc. Falso, nadie se
convierte en un líder exitoso o
en un gran vendedor por hacer un
curso de liderazgo o leer un
libro y asistir a un seminario
de ventas. Se trata de una
visión ingenieril del
aprendizaje, como si fuese
posible empaquetar el
conocimiento en trozos e
ingerirlo para convertirse
automáticamente en un experto,
como la poción mágica de
Asterix. La analogía
gastronómica sería fast
food/fast training.
En el caso de la formación de
profesionales, el infocentrismo
postula implícitamente que si la
información se ha transmitido
correctamente, es decir, las
explicaciones son claras,
entonces la aplicación (o sea,
la práctica) es obvia. Y el
problema es que justamente la
aplicación de los conocimientos
adquiridos no es nada obvia.
Desde una lógica infocéntrica lo
que se debe hacer es
"empaquetar" información sobre
un cierto tema para con ello
hacer un "curso". Los cursos son
entonces una sucesión de
contenidos más o menos bien
empaquetados, a los cuales se
agregan una serie de ejercicios
bastante triviales. El acento se
pone en el recorrido del alumno
a través de dichos contenidos,
en el aspecto más o menos lúdico
de ellos, y cada vez más en la
ingeniería industrial de
producción de dichos contenidos.
No es de extrañar entonces que
la industria de contenidos
e-learning tienda
estructuralmente a ofrecer
productos estandarizados donde
se compite por precios.
Hace ya algún tiempo que suena
una frase muy simple. Aprender
ya es una habilidad clave y va a
ser LA HABILIDAD clave en el
futuro. Claro que para enseñar a
aprender, primero hay que
aprender a enseñar y eso implica
DESaprender, ser capaz de poner
en duda lo que hasta hace poco
se consideraba una certeza,
mirar las cosas desde nuevos
ángulos y perspectivas. Hay una
estadística que señala que en
los próximos diez años, el 80%
de las tecnologías utilizadas
hoy en día serán obsoletas y que
en promedio, un ciudadano medio
de nuestra generación se
desempeñará en al menos 12
trabajos diferentes a lo largo
de su vida.
¿Y cuál es el valor de la
tecnología entonces? Tengamos
presente que la capacidad de
procesar información de los
humanos es finita. En contraste
los ordenadores nunca se
aburren, están para hacer el
trabajo sucio, no se enfadan con
nosotros por mucho que nos
equivoquemos. Además eliminan el
miedo al fracaso y al ridículo y
nos permiten recuperar el viejo
modelo del Uno a Uno, Maestro –
Aprendiz. Y ante todo, ofrecen
la posibilidad de experimentar y
simular situaciones reales,
respetando diferentes estilos de
aprendizaje y convirtiendo el
proceso en algo entretenido. El
desafío, la mayor parte de las
veces, radica en cómo mantener a
los alumnos interesados lo
suficiente como para que no se
aburran, no abandonen y aprendan
algo. El famoso programa Barrio
Sésamo fue pionero en este
sentido y demostró que si lo
hago entretenido y consigo
atraer la atención del niño,
estoy en inmejorable situación
para que aprenda algo.
Hay una cuestión que me intriga
¿La formación presencial es
perfecta, funciona
excelentemente o hay gran margen
de mejora? ¿Por qué nos metemos
de lleno en el mundo del
e-learning cuando no se ha
innovado ni perfeccionado la
formación presencial primero?
Una última distinción para
finalizar. En este mundo tan
acelerado, donde existe tan
escasa diferencia entre los
productos, sus precios e incluso
los servicios asociados, lo que
realmente va a marcar la pauta
no es el conocimiento sino la
inteligencia como capacidad de
producir nuevo conocimiento de
forma continuada. Es decir, la
innovación. Para innovar y ser
creativo hace falta libertad y
que no te castiguen por errar ni
te coarten la posibilidad de
probar e intentarlo una y otra
vez. Existen conocimientos,
procesos, know how susceptibles
de ser transferidos pero lo que
siempre conservan los
innovadores es la inteligencia y
la inteligencia está en las
personas que saben hacer las
cosas bien para generar esos
nuevos conocimientos. Esta es la
diferencia entre la promoción de
la economía de la inteligencia y
una economía del conocimiento.
Sólo nos ocupamos de educar la
cabeza, aunque los seres humanos
tenemos una capacidad física muy
similar. Sin embargo la voluntad
está sobre todo en el corazón.
Para aprender hay que soltar la
certidumbre y hay que QUERER
aprender. La clave no está en el
intelecto, está en las emociones
que son el eje fundamental en
nuestro quehacer y nuestra
conducta.
“La razón es poco
convincente”. (Borges)
Cuarto pecado: Los
colegios y universidades saben
lo que necesitamos aprender para
vivir en la sociedad del siglo
XXI.
“Más has
dicho Sancho, de lo que sabes,
dijo don Quijote; que hay
algunos que se cansan en saber y
averiguar cosas que después de
sabidas y averiguadas, no
importa un ardite al
entendimiento ni a la memoria”.
(Cervantes)
No es mucho
lo que sabemos acerca del
futuro. Pero lo que sí podemos
asegurar por experiencia es que
será muy diferente del presente
y que los conocimientos vigentes
actualmente pronto estarán
obsoletos. Hace no mucho tiempo,
era habitual que un joven
aprendiese una serie de
habilidades que con seguridad le
servirían para desempeñarse
durante toda su vida. Las cosas
han cambiado mucho. Necesitamos
un enfoque diferente para
preparar a los jóvenes actuales
para un mundo donde la mayoría
de los profesionales realizan
trabajos que ni siquiera
existían cuando nacieron. Cuando
el mundo cambiaba a un ritmo
lento, los colegios y
universidades no tenían
problemas para formar
licenciados perfectamente
capaces de desempeñarse en
aquellos campos que habían
estudiado. Hasta hace muy poco,
era normal nacer, vivir y morir
en una misma casa, tener un
trabajo que durase toda la vida,
que la relación de pareja
(esposo o esposa) fuese para
siempre (hasta que la muerte nos
separe) e incluso quien nacía de
sexo masculino, moría hombre
(ahora podemos incluso realizar
el cambio de sexo). Hoy
necesitamos licenciados que
sepan desempeñase en campos que
NO han aprendido, en profesiones
que no existían cuando
estudiaban. Lo que debe hacer la
educación es prepararlos para
enfrentar un mundo que va a ser
diferente al que conocieron en
el colegio y en el que van a
tener que ser innovadores y
emprendedores más que ejercer
conocimiento. ¿Cuántos trabajos
de hoy se corresponden con
carreras universitarias? ¿Dónde
se aprende a ser consultor? ¿Y a
ser vendedor? ¿Dónde están los
profesores que pueden
“enseñar”estas materias, en la
universidad tradicional?
¿Alguien tuvo la posibilidad de
especializarse en e-learning en
la universidad hace 10 años?
Vivimos en un
mundo en continua transformación
donde los “supervivientes” son
los más capaces de adaptarse, es
decir, los que aprenden a
cambiar. El conocimiento lleva
fecha de caducidad y hay que
renovarlo constantemente. La
tecnología hace ya tiempo que
juega un papel preponderante y,
en el futuro, su presencia y
relevancia sólo va a aumentar.
Hubo una
época donde la misión de la
escuela era básicamente proveer
formación en lo que los
anglosajones denominan las 3 R (read,
write, artithmetic). Hoy ya no
le podemos pedir a la escuela
que enseñe a memorizar y
recordar sino a encontrar, usar
y aplicar información, pensar
críticamente, razonar, decidir y
en definitiva innovar. El
entorno ha cambiado. La escuela
tiene que preparar gente
adecuada para este nuevo
entorno. Antes existía una
carestía de información y quien
disponía de ella tenía una
ventaja incomparable. Hoy la
información es excesiva,
abundante, de rápida caducidad,
nos abruma, ya no es una
ventaja. Ahora la falta de
conocimiento viene más por la
sobredosis de información que
por su ausencia. Antes importaba
recopilar el máximo de
información, hoy importa
procesarla adecuadamente. Antes
una carrera universitaria
significaba trabajo para toda la
vida. Hoy sabemos que el
aprendizaje tiene que ser
permanente. Antes había una edad
para estudiar y otra para
trabajar. Ahora sabemos que no
dejaremos de estudiar durante
toda nuestra vida.
La educación no desarrolla
talento, como mucho puede
seleccionarlo. Todos tuvimos
compañeros que jamás fueron
buenos estudiantes y sin embargo
se desempeñan exitosamente en
sus vidas laborales. Incluso
gente que no pudo estudiar o que
el propio sistema marginó y que
han salido adelante
perfectamente en la vida.
¿Cuanta frustración hubiésemos
podido ahorrar? Podemos afirmar
sin temor a equivocarnos que no
sólo el colegio y la universidad
no te preparan para la vida sino
que la mayor parte de nuestro
aprendizaje ocurre fuera de las
aulas. Miremos nuestra vida y
hagamos un análisis: ¿Qué
sabemos hacer realmente, cuáles
son nuestras competencias?
¿Cuánto de eso lo hemos
aprendido en un aula? ¿Cuánto
nos ha enseñado la experiencia,
la vida, las relaciones con
otros -familia, amigos, deporte,
colegas de trabajo- y las
diferentes redes sociales a las
que pertenecemos? Somos seres
sociales, queremos compartir la
vida con otros y no queremos
vivir ni trabajar solos.
¿Estamos de acuerdo en lo que
entendemos por ciudadano educado
para el Siglo XXI? Parece obvio
que NO. Si en el colegio los
niños deberían aprender cosas
que les serán de utilidad en la
vida adulta, entonces el
currículum del año 2004 no puede
ser el mismo que el de hace 100
años. Sin embargo basta con
echar un vistazo a lo que tienen
que aprender nuestros hijos en
el colegio: Literatura, química,
filosofía, historia,
matemáticas, … Seguimos
considerando intelectuales a
aquellos especialmente
ilustrados en humanidades que
mantienen la reputación de
cultos. Se titulan miles de
licenciados en geografía e
historia, filosofía, arte o
filología porque seguimos
pensando que en eso consiste
formar ciudadanos bien educados.
Decidimos que en los colegios se
aprenda álgebra y trigonometría
en lugar de nociones básicas de
negocio/empresa,
medicina/salud/nutrición o
inteligencia emocional. Cuando
hacemos más hincapié en aspectos
intelectuales (latín, física,
gramática) en lugar de aspectos
humanos como relaciones
interpersonales (pareja, hijos,
amigos, compañeros),
comunicación, gestión de si
mismo, pensamiento crítico o
creatividad es porque seguimos
arrastrando la visión de la
educación de remotas épocas
elitistas. ¿Alguien piensa que
es importante saber mecanografía
a día de hoy? Por un lado, la
mayoría de las personas son
incapaces de expresar por
escrito y con claridad sus
pensamientos. Por el otro, el
ordenador, el e-mail y en cierta
medida el e-learning han traído
consigo que la gente haya tenido
que volver a escribir cuando
habían pasado años sin apenas
hacerlo. Yo no quiero calcular
la cantidad de horas que he
perdido por mi impericia frente
al teclado de mi PC. No creo que
tardemos mucho tiempo en hablar
y dictar a los ordenadores pero
mientras tanto …
Después del funeral por el
fallecimiento de su joven
hermano, una amiga me decía
entre lágrimas “En la escuela
nunca nos dijeron que estas
cosas ocurren ni nunca nos
enseñaron a manejar estas
situaciones”. Las grandes
cuestiones de la vida pasan
desapercibidas en el colegio y
en la universidad. En el
colegio, la confianza o la
autoestima son menos importantes
que aprender integrales o la
tabla de los elementos. En la
vida sucede todo lo contrario
pero cuando nos damos cuenta, ya
es demasiado tarde para cambiar.
¿Todos los profesionales son
iguales? ¿Todos los médicos,
abogados, arquitectos,
ingenieros, consultores? En
realidad, debiesen serlo ya que
todos han estudiado lo mismo.
Sin embargo ¿Por qué escojo un
pediatra para mi hijo y no otro?
¿Le pido acaso su currículum y
la nota que sacó en la
asignatura correspondiente? ¿Por
qué hay médicos mejores que
otros, que solucionan cosas que
otros no pueden?
La primera conclusión es que
tenemos un problema grave en lo
QUE pretendemos que aprendan los
jóvenes. Enseñamos muchas cosas
que no sirven y dejamos de lado
aquello que realmente es
esencial para vivir. El segundo
problema consiste en CÓMO
tratamos de que aprendan. Yo
estudié derecho para ser
abogado. ¿Cuántos de mis
profesores eran abogados en
ejercicio? No muchos. ¿En qué se
parece la carrera de derecho con
el trabajo que luego desempeña
un abogado? Prácticamente en
nada. ¿Cuántos de mis compañeros
de curso serían capaces de
aprobar a día de hoy alguno de
los exámenes que hicimos durante
la carrera? Lo curioso es que no
parece que este hecho haya
tenido una influencia decisiva
en nuestra carrera profesional
aunque muchos no lo querrán
reconocer. ¿Qué dicen las
empresas sobre los jóvenes que
acceden a su primer empleo? Que
las competencias necesarias para
desempeñarse en el puesto de
trabajo no las adquieren en un
aula sino en la práctica diaria
y a lo largo de muchos años y
que necesitan invertir mucho
tiempo y dinero en enseñarles
habilidades básicas ya que todo
parecido entre la carrera que
han estudiado y el trabajo de un
profesional es pura
coincidencia.
Los periódicos nos hablan a
diario de “ciudadanía activa y
participativa” o “autonomía
personal y un mayor sentido
crítico” pero curiosamente en el
colegio ni hay cursos sobre
estos temas ni se enseñan de
ninguna manera. También se habla
de “búsqueda de información,
análisis y síntesis” como si
esto fuese a suceder de manera
automática por el mero hecho de
tener acceso a Internet.
Por desgracia, para la mayor
parte de las instituciones
educativas, es más importante el
curriculum, las asignaturas, los
exámenes o la asistencia a clase
que el aprendizaje. Los cursos
se miden muchas veces en base a
la cantidad de contenidos. El
aprendizaje depende demasiado
del profesor, y los hay buenos y
malos. El profesor seguirá
siendo la figura protagonista
pero mientras tanto los
ordenadores apenas se utilizan
como herramientas facilitadoras
de aprendizaje. Es más, en
muchos casos quedan marginados
en un “aula de informática”
donde no molestan ni interfieren
con el normal desarrollo de las
clases. El 95% de los profesores
saben utilizar el PC pero no lo
utilizan para la enseñanza.
Parece una evidencia que la
mayor parte de los niños y
adolescentes se inician en el
mundo de la informática a través
de los videojuegos y el
ordenador es parte esencial de
su tiempo de ocio. Y casi todos
aprenden antes a manejar un
ratón o un joystick que un
lápiz, pasan directamente del
biberón al ordenador. Por
primera vez, los niños saben más
de algo que sus padres o
profesores. Inexplicablemente,
la empresa lo que ha hecho ha
sido copiar este modelo
educativo que tiene bastantes
imperfecciones y que además no
puede garantizar en absoluto la
inversión que cualquier
directivo realiza en sus planes
de formación.
La conclusión es clara: No
podemos seguir enseñando las
mismas cosas y de la misma
manera. La educación y la
formación son aburridas,
demasiado serias y dejan escaso
margen al entretenimiento. Los
profesores deben jugar un papel
diferente, y que será más
importante que el que han
desempeñado hasta ahora porque
la información y conocimiento
que antes transmitían, hoy ya
están disponibles en múltiples
formatos. Para eso deben hacer
un esfuerzo para salir de la
certeza y la pereza intelectual
en la que muchos están
instalados y dejar de trasmitir
a los alumnos como bustos
parlantes. La mayoría no están
todavía por la labor aunque al
menos reconocen que algo no
funciona, tienen muchos mas
problemas para llegar a los
alumnos como lo hacían antes.
Hoy en día un profesor apenas
innova, no crea, no emprende. Se
le empieza a considerar un
eslabón que cada vez aporta
menos valor. Transmiten lo que
ya pasó (historia) en lugar de
ayudar a preparar el futuro (a
partir de la historia) y crear
retos donde los alumnos deban
recurrir a esa historia. Este
rol es más difícil, mas incomodo
que simplemente recitar y
examinar. Pero es una
oportunidad única de revalorizar
su esencial rol social, hoy en
día fuertemente desprestigiado y
desprotegido y dejar de vivir en
un mundo diferente al de sus
alumnos. Deben aprender a
comunicarse en el lenguaje y
estilo de sus alumnos que son el
producto de una sociedad que, en
general, los ha sobreprotegido,
los ha rodeado de recursos
abundantes y ha tenido escaso
éxito a la hora de inculcarles
el sentido del sacrificio, el
esfuerzo y la
autorresponsabilidad. Deben ser
auténticos tutores,
seleccionadores y filtradores de
información, facilitadores del
feedback adecuado. Los alumnos
acabarán siendo verdaderos “infotectives”.
El papel de los educadores es
clave para el futuro.
Los buenos maestros alientan la
experimentación y a no tener
miedo al error y reconocerlo
como oportunidad para mejorar y
aprender, considerándolo como un
derecho fundamental del ser
humano. "Perdiendo aprendí: más
vale lo que aprendí que lo que
perdí". Además, cuanto más
complejo el tema en cuestión,
más necesario es el tutor. Las
escuelas y universidades deben
convertirse en centros
referenciales tanto para la
comunidad como para el mundo
profesional y salir de ese
aislamiento que los mantiene
como laboratorios estanco al
margen del resto.
¿Por qué existe fracaso escolar?
¿Fracasan los alumnos o la
escuela que resulta soporífera
para ellos? ¿O serán los
profesores? Lo más fácil siempre
es culpar al niño.
Necesitamos colegios y
universidades que se preocupen
por que sus “clientes” tengan
experiencias educativas
inolvidables, que les lleven a
volver y repetir. En la
Universidad tradicional el
cliente es fiel durante 5 años y
se marcha pero como los
profesores permanecen, se
convierten en el eje de la
institución. Sin embargo, para
cualquier organización y más
todavía en la sociedad del
conocimiento, el eje son los
clientes, y su misión debiese
consistir en hacer todo lo
posible para que disfruten de su
experiencia y vuelvan. El fútbol
sabe que tiene que trabajar para
que su cliente regrese cada
domingo. El reto de la
universidad es tener alumnos
permanentes que vuelven una y
otra vez gracias a la necesidad
de aprendizaje permanente:
fidelizarlos.
Claro que si la educación es un
servicio, ¿Por qué se comporta
de manera diferente del resto de
campos? ¿Por qué nunca se parte
desde el cliente, de observar lo
que hace y consume, de
preguntarle lo que le importa y
le interesa? Este sector es el
único donde el cliente no tiene
razón. Donde la oferta parte de
lo que el proveedor decide que
el cliente necesita. Desde lo
que el proveedor tiene o sabe
(buenos profesores de marketing
o buenos contenidos de finanzas
por ejemplo) en lugar de lo que
el cliente tiene que aprender.
La realidad nos indica que no se
pueden diseñar servicios sin
contar con los usuarios y los
clientes. Deben participar, no
sólo para recibirlo sino también
para construirlo. Estamos en
plena transición de una sociedad
donde el poder estaba en manos
de los fabricantes a una
sociedad donde mandan los
clientes y por eso el
conocimiento es tan relevante.
¿Tiene sentido pedir a las
instituciones educativas que
lideren el diseño del nuevo
currículum para la sociedad del
conocimiento? Mi opinión es que
no. ¿Y pedírselo a la clase
política? Tampoco. Esta es una
tarea compleja donde tienen que
implicarse todos los agentes
sociales y donde la tecnología
puede jugar un papel
fundamental, aunque llenar las
escuelas de ordenadores no va a
solucionar el problema.
Quinto
pecado: El
aprendizaje
ocurre
independientemente
de la
motivación.
“Hay una
fuerza
motriz más
poderosa que
el vapor, la
electricidad
y la energía
atómica: la
voluntad”.(Albert
Einstein)
Realmente
tampoco es
mucho lo que
sabemos
sobre
aprendizaje
ni sobre el
funcionamiento
de cerebro.
Pero lo poco
que
conocemos
indica que
la
motivación
juega un
papel muy
importante.
Por
desgracia,
tampoco
sabemos
demasiado
sobre
motivación
pero de
nuevo, somos
conscientes
de que es
más fácil
desmotivar
que motivar.
Y también
sabemos que
la mayor
parte de lo
que deben
aprender los
alumnos, en
entornos
educativos o
laborales,
no resulta
motivante de
por si. Para
aprender,
como para
casi todo en
la vida,
hace falta
pasión, lo
complicado
es cómo la
provocamos
en entornos
virtuales. A
fin de
cuentas,
motivar, en
el caso de
la
educación,
no es otra
cosa que
lograr que
una persona
quiera
aprender.
Si hay algo
difícil, es
tratar de
enseñar algo
al que no
desea
aprender.
Pero todo
ser humano,
en
condiciones
normales,
tiene metas
que desea
poder
alcanzar. Y
para ello
necesita
obtener
información,
desarrollar
habilidades
… es decir
aprender. Lo
que podemos
afirmar es
que detrás
de todo
comportamiento
humano,
existen unos
intereses,
unos
objetivos
que alcanzar
y unos
motivos que
nos impulsan
a
alcanzarlos.
Y por ello,
no es
posible que
exista
aprendizaje
verdadero
sin tener en
cuenta esos
objetivos
que motivan
a alumno.
Esto es
fácil de
comprobar.
¿A cuanta
gente le
importó el
euro
realmente
hasta el 1
de enero de
2001? ¿Quién
sería capaz
de aprobar
un examen
sobre las
medidas de
seguridad
que nos
explican
cada vez que
subimos a un
avión y que
hemos
escuchado
decenas de
veces? Si
algo no nos
interesa
especialmente,
si no nos
afecta, no
le hacemos
demasiado
caso. En el
colegio,
memorizamos
datos que se
quedan en la
memoria a
corto plazo
y son
rápidamente
sustituidos
por otros
datos
nuevos.
Salen de la
boca del
profesor a
nuestro oído
sin pasar
por el
cerebro y
sin dejar
huella ni
impacto
profundo.
Por eso no
es que lo
olvidemos,
es que nunca
lo
aprendimos.
¿Qué pasaría
si les
preguntamos
a los niños
y a los
jóvenes si
quieren ir
al colegio o
no? La
experiencia
relatada en
el libro
Summerhill
es un
ejemplo
admirable y
adelantado a
su época que
recomiendo
tener muy
presente.
¿Cuál es la
principal
motivación
para que un
niño vaya al
colegio? ¿Ir
a estudiar?
¿La clase de
gramática o
la de
química?
¿Hacer los
deberes?
¿Las notas?
¿O tal vez
el recreo
donde jugar
con los
amigos, las
excursiones,
los
campamentos,
los
deportes,
los trabajos
en grupo, el
laboratorio?
Los alumnos
no van para
aprender,
van a
aprobar
exámenes y
sacar un
titulo que
les permita
acceder a un
trabajo. Lo
que no entra
en el examen
no importa.
Recuerdo que
cuando hacía
un examen,
me llamaba
la atención
que como
mucho, me
preguntaban
acerca del
20% del
total de la
materia.
Nunca oí a
nadie
protestar:
¿Qué pasa
con el otro
80% que no
me
preguntan?
Nadie
verifica si
lo se o no
lo se. La
realidad
demuestra
que no
importa
demasiado.
Tras el
examen, si
mi nota es
un 5, me
quedo sin
saber en que
aspectos me
equivoqué y
porqué. Por
si fuese
poco,
existen
posibilidades
de aprobar
un test sin
tener ni
idea del
asunto (por
simple
suerte o
probabilidad)
o incluso un
examen
escrito
(copiando
por
ejemplo).
Sin embargo
es imposible
demostrar
desempeño
sin tener ni
idea.
En general,
a los
alumnos no
les interesa
demasiado lo
que
estudian. No
recuerdo a
nadie
apasionado
por el
logaritmo
neperiano o
el sujeto y
el predicado
(aunque si
por el
fútbol, el
cine, los
coches o los
animales).
¿Por qué
aprender
trigonometría
y no
alfarería?
¿Por qué esa
obsesión en
enseñarme
gramática
cuando llevo
ya varios
años
hablando
perfectamente
el idioma?
Una de las
frases
típicas del
profesor de
turno es:
¿Lo habéis
entendido?
¿Alguna
duda? Ya
sabemos la
respuesta.
Los alumnos
razonan:
¿Para qué
estudiar?
cuanto más
estudio mas
sé, cuanto
más sé más
olvido,
cuanto más
olvido menos
sé. Entonces
¿Para que
estudiar?
Se trata de
hacer
pensar,
reflexionar;
la reflexión
profunda
lleva al
aprendizaje
profundo.
¿Ocurre en
la escuela?
Mucho menos
de lo
deseable.
¿Durante la
vida
estudias? La
verdad es
que NO;
tienes
problemas,
actividades,
planes y
buscas la
manera de
afrontarlos
y para ello
te apoyas en
información,
personas,
recursos,
etc. pero no
hincas los
codos y te
pones a
estudiar.
Deberíamos
preocuparnos
de enseñar
las cosas
comunes, no
las
extraordinarias:
todos
necesitamos
comunicarnos,
aprender a
convivir,
superar la
frustración,
etc. y muy
pocos
dedicarán su
vida a
resolver
integrales.
Piensen qué
pasó con los
alumnos más
brillantes
de nuestra
clase, los
que mejores
notas
sacaban.
¿Acaso un
currículum
académico
brillante es
garantía de
algo?
Cuanto más
se parece el
entorno de
evaluación
al real,
mejor. Por
eso el
examen de
conducir se
hace a los
mandos del
coche y por
eso los
exámenes
teóricos no
sirven
porque no se
asemejan en
nada a la
realidad que
tratan de
medir. ¿Se
imaginan
tener el
carnet de
conducir
tras aprobar
el examen
teórico?
La realidad
es que si
los alumnos
estudian
para sacar
un título y
que ese
titulo les
permita
encontrar un
trabajo y
todos los
estamentos
participan
de este
montaje
(alumnos,
padres,
profesores,
instituciones
educativas),
entonces no
podemos
pedirle a la
educación
que
solucione
los
problemas
que decimos
que nos
importan:
formar
ciudadanos
críticos,
solidarios y
democráticos
preparados
para
combatir la
delincuencia,
la droga, el
desarraigo,
la
xenofobia,
la violencia
familiar, la
pedofilia,
la
desigualdad,
etc.
Cuando un
joven
termina el
colegio o la
universidad,
nadie le
pregunta si
aprendió
sino si le
fue bien. A
nadie le
importa si
aprendió, ni
siquiera a
él mismo. La
educación
tradicional
es
antinatural
para los
jóvenes, les
roba el
protagonismo
y les asigna
un papel
secundario,
desaprovecha
su energía y
curiosidad.
La realidad
es que en el
colegio los
alumnos
apenas
participan
en clase, no
se
involucran
ni discuten
con el
profesor.
Falta
motivación e
interés. No
es que sea
difícil, es
que es
aburrido.
El colegio,
igual que la
universidad,
es café para
todos, el
mismo menú
durante años
para todos,
mínima
posibilidad
de guiarse
por
intereses
individuales,
de elegir.
La
diferencia
primordial
de la
educación de
adultos es
que el
alumno suele
llegar
motivado por
aprender y
no obligado.
Un campus
virtual bien
diseñado
ofrece
muchas más
oportunidades
de
comunicarse
con
profesores y
compañeros
que lo que
suele
ocurrir en
un aula
presencial.
Y de hecho
los alumnos
lo suelen
aprovechar,
le tratan de
sacar todo
el jugo,
discuten,
buscan
información,
se
apasionan.
¿Cuánta
relación
teníamos con
los
profesores
en la
facultad? Yo
jamás hablé
una palabra
con muchos
de ellos. Y
lo mismo con
muchos de
mis
compañeros
de
promoción.
Hay
estadísticas
que dicen
que en una
clase
presencial
un alumno,
en promedio,
hace una
pregunta
cada 10
horas. Qué
ocurre ¿No
piensan
nada? ¿Eso
es
interactividad?
Un entorno
virtual
ofrece
comunicación
permanente y
no con uno
sino con
muchos
(tutores,
expertos,
materiales,
compañeros).
Se convierte
en un
elemento muy
cercano,
permanente y
mucho más
personalizado.
Deberíamos
preguntarnos
porque los
niños son
capaces de
pasar horas
jugando a
sus
videojuegos
(donde
aprenden
bastantes
más cosas de
las que en
principio
pudiese
parecer) y
sin embargo
son
incapaces de
prestar
atención a
las
asignaturas
del colegio.
Hay una
frase que lo
explica
bien: Lo que
me dicen, lo
olvido, lo
que me
enseñan
puede que lo
recuerde, lo
que hago y
me
involucra,
lo aprendo.
Uno está más
motivado
cuando ha
participado
activamente
en la
construcción
de algo que
de alguna
manera le
pertenece y
lo
identifica
como propio.
Si no
participo,
me cuesta
motivarme y
si no me
motivo me
cuesta
aprender. Un
contexto
real,
creíble y
cercano muy
parecido a
la realidad
que nos toca
vivir cada
día, donde
somos los
protagonistas
de una
historia,
nuestra
historia,
refuerza
enormemente
la
motivación
por
aprender.
Los alumnos
son emisores
y
receptores,
construyen
también
ellos los
cursos con
sus
aportaciones,
opiniones, y
preguntas.
Aprenden DE
otros y CON
otros y no
sólo sirven
de apoyo al
aprendizaje
de sus
compañeros
sino que
realimentan
ediciones
posteriores
de los
mismos. No
hay mejor
manera de
aprender que
enseñar a
otros. El
desafío es
hacer que la
gente quiera
aprender y
en la
educación
virtual, al
no haber un
profesor que
nos mire a
los ojos, el
que tiene
que tomar la
iniciativa
es el
alumno.
La
motivación
además es un
fenómeno
básicamente
interno, no
puede ser
impuesto.
Una persona
motivada es
capaz de
aprender de
un trozo de
periódico
viejo
mientras una
persona que
no lo está
no aprenderá
aunque le
enviemos
Harvard a
estudiar un
MBA. Cuando
tienes un
objetivo,
tienes
interés en
aprender
para
alcanzarlo.
Este es un
elemento
fundamental
porque el
alumno
aprende
cuando él
quiere y no
cuando lo
decide el
profesor. No
podemos
obligarle a
aprender lo
que nosotros
sabemos sin
que le
hayamos
despertado
un interés
previo. ¿Por
que los
niños son
capaces de
pasar 3
horas viendo
El Señor de
los Anillos
sin
pestañear y
no duran ni
10 minutos
en un aula
sin empezar
a alborotar?
¿Quién no
recuerda
aquellos
compañeros
de colegio
que sacaban
siempre
malísimas
notas pero
lo sabían
todo acerca
de fútbol?
Tampoco
podemos
enseñarle lo
que hemos
decidido que
queremos que
sepa y menos
todavía si
es capaz de
darse cuenta
que
seguramente
no podrá
aplicar o
transferir a
su trabajo
lo que le
estamos
contando. El
alumno debe
perseguir
sus propios
objetivos y
sólo aprende
cuando se
hace una
pregunta y
va a buscar
la respuesta
y no cuando
la respuesta
le viene sin
que la haya
pedido. Una
buena
respuesta me
parece
aquella que
abre más
preguntas,
que no
cierra los
caminos. Las
preguntas
son el
camino para
tratar de
ampliar el
ámbito de
las cosas
que sabemos
y
apropiarnos
de las que
no sabemos.
Si no me
hago una
pregunta, no
aprendo
¿Cuándo
reflexiono?
Cuando algo
no ocurre
como
debería. La
pregunta es
el detonante
del
conocimiento,
las grandes
preguntas
son las que
han hecho
que la
humanidad
avance y
progrese en
sus logros.
El que
pregunta se
convierte en
protagonista
activo que
construye su
conocimiento
en la
búsqueda de
respuestas.
La gran
ventaja es
que todos
estamos
capacitados
para
hacernos
preguntas,
no hace
falta
esfuerzo
físico, ni
estatus
económico.
Hay un
último
elemento muy
relevante en
relación a
la
motivación y
es la enorme
importancia
de
equivocarse,
fracasar y
cometer
errores como
detonante
para el
aprendizaje.
Hacer
implica
posibilidad
de
equivocarse,
lo que
sabemos
significa
una ventana
inigualable
para
aprender.
Cuando
cometemos un
error,
automáticamente
se
desencadena
un mecanismo
por el que
tratamos de
buscar una
explicación
a lo que
está
sucediendo y
resolver el
problema,
bien por uno
mismo o bien
pidiendo
ayuda. Y es
en ese
momento en
el que
estamos
preparados
para
investigar,
encontrar
una solución
o escuchar a
alguien que
nos ayude a
encontrarla.
Ese momento
de
aprendizaje
es la clave
y sólo se
desata
cuando las
cosas no
suceden como
preveíamos,
es decir,
cuando nos
equivocamos.
La ventaja
de la
tecnología
es que nos
permite
provocar los
errores y no
depender de
que se
produzcan ya
que en la
vida real,
los errores
ocurren
generalmente
por
accidente.
Claro que
para ello no
se puede
dejar pasar
por alto la
siguiente
realidad:
¿Cómo tolera
mi empresa
los errores?
¿Los castiga
y los
oculta? Hay
un artículo
clásico en
este
sentido,
“Teaching
Smart People
How To
Learn” de
Chris
Argyris en
el que
describe a
los
directivos y
consultores
de alto
nivel como
los más
incapaces de
aprender (a
pesar de sus
brillantes
curriculums
académicos)
ya que están
poco
acostumbrados
al fracaso,
lo temen y
han
desarrollado
todo tipo de
mecanismos
para
evitarlo.
La parte
fundamental
de aprender
de los
errores sin
duda es la
entrega del
feedback
adecuado. Es
decir,
ofrecerle al
alumno
información
pertinente
sobre lo que
está
haciendo de
manera que
le permita
entenderlo e
incorporarlo
(integrarlo
en su
cuerpo) como
parte de su
experiencia
personal y
vital. Para
ello se
tiene que
estar
cuestionando
algo y esto
exige
compartir la
experiencia
con
compañeros
que también
se lo
cuestionan y
expertos
disponibles
para
ayudarle. Un
experto sabe
muchas veces
lo que
funciona
pero sobre
todo lo que
no funciona,
el
conocimiento
negativo. En
realidad,
dar feedback
es lo más
importante
que los
padres
aportan a
esos niños
pequeños que
mencionábamos
antes. En un
aula, por
tanto
ofrecer
feedback es
tarea casi
imposible
porque los
alumnos rara
vez tienen
retos que
alcanzar,
practican
poco y
preguntan
menos. Si no
hay una
causa, si no
hay un
porqué, no
hay
aprendizaje
sólo
memorización.
¿Quién no
recuerda ese
eureka, ese
clic, que se
produce
cuando por
fin
entendemos
algo que por
alguna razón
éramos
incapaces de
comprender?
En un examen
no hay
retroalimentación
de ningún
tipo. ¿Puedo
averiguar
quien es un
buen
cocinero a
través de un
examen de
respuesta
múltiple?
Seamos
serios,
estamos
hablando de
desempeño y
no hay
examen
escrito u
oral capaz
de medirlo.
En un curso
virtual, las
cosas no
varían
demasiado.
La mayor
parte de las
veces el
feedback lo
da la
maquina
mediante 2
palabras:
Correcto o
incorrecto
(pruebe con
otra
respuesta).
Nada más.
¿Incorrecto
por qué? ¿En
qué me
equivoqué?
¿Cómo me
puedes
ayudar a
entender mi
error y
buscar
alternativas
que
funcionen
mejor? ¿Me
puedes
mostrar un
ejemplo?
¿Podrías
hacerlo tú
para que yo
vea como se
hace? Cuando
el feedback
lo da una
persona, la
respuesta no
varía
demasiado.
Con
Internet,
estamos
continuamente
oyendo
hablar del
one to one y
esto
significa no
solo un
trato
personalizado
sino un
feedback
personalizado
y
constructivo
y la ventaja
del
ordenador es
que te puede
ofrecer
feedback
inmediato.
Tenemos una
magnífica
oportunidad
para ofrecer
a los
empleados
instrumentos
y
herramientas
para hacer
mejor su
trabajo Y la
mayoría de
personas
agradecen
esa
posibilidad,
a nadie le
gusta la
sensación de
inseguridad
y el temor a
no hacerlo
bien.
Posiblemente,
la
motivación
es lo mas
difícil de
lograr
online. Por
ahora, y
cuando lo
hace bien,
es la única
ventaja
comparativa
de la
formación
presencial
que motiva a
aprender y
crear
conocimiento.
Lo malo es
que no lo
hace bien lo
suficientemente
a menudo. El
desafío
consiste en
convencer a
usuarios que
no han
tenido
buenas
experiencias
y eso
significa
que tenemos
frente a
nosotros un
doble
trabajo y
que por esa
razón, la
primera
impresión
cuenta, y
mucho.
“Un
experto es
una persona
que ha
cometido
todos los
errores que
es posible
cometer en
un campo muy
específico”.(Niels
Bohr)
Sexto
pecado: La
mejor
solución es
una solución
Blended
(presencial
– virtual)
“La
suerte
favorece a
la mente
preparada”.
(Pasteur)
Imaginemos,
por un
instante,
que nos
encontramos
en España a
mediados del
pasado siglo
XX. Si un
aficionado
al fútbol
quería
asistir como
“espectador”
a un
partido, no
tenía más
remedio que
pagar su
entrada y
desplazarse
a un
estadio.
Presencialidad
en estado
puro con
toda la
liturgia que
ello
suponía,
bocadillo de
tortilla de
patatas y
habano
incluido. La
radio fue la
primera
tecnología
que permitió
al menos
informarse
en tiempo
real sobre
el
transcurso
de los
partidos
para
aquellos que
por
múltiples
razones no
podían
asistir. La
televisión
trajo
consigo una
gran
revolución.
Hoy en día,
a pesar de
los
diferentes
intentos de
“interactivizar”
el medio, el
televidente
sigue siendo
un mero
espectador,
aunque ahora
tiene la
posibilidad
de acceder,
desde el
salón de su
casa, a una
cuasi
infinita
oferta de
partidos a
los que
jamás
tendría
acceso
presencial.
Al fin y al
cabo estamos
hablando de
espectáculo
y
entretenimiento
y sin el
recurso de
la
televisión,
no solo el
fútbol no
sería el
negocio que
es sino que
nos sería
imposible
ser testigos
de
acontecimientos
multitudinarios
como la
última final
del Mundial
o de la
Champions
League.
Desde luego,
ver un
partido en
un estadio
es una
experiencia
muy
diferente a
verlo en la
televisión
pero ambos
tienen sus
ventajas e
inconvenientes.
El
aprendizaje
sin embargo
es un
proceso
activo, de
construcción
de
conocimiento
y no un
proceso
pasivo de
acumulación
de
información.
Un alumno de
un buen
programa
educativo
jamás
debiera
desempeñarse
como
espectador
televisivo
sino como
participante,
como
protagonista.
Para
aprender hay
que estar
activo, por
eso la
televisión
transmite
información
pero
difícilmente
funciona
como
herramienta
para educar.
Una vez el
alumno ha
probado lo
divertido y
estimulante
de ser
activo, de
elegir y
decidir,
simplemente
no puede
asumir un
rol pasivo.
Hace ya
tiempo que
la palabra
Blended se
pasea por
los foros de
opinión,
presentaciones
y artículos
como
sinónimo de
la nueva
propuesta
que va a
sacar al
e-learning
de su
estancamiento
permitiendo
al mismo
tiempo
sobrevivir a
la amenazada
formación
presencial.
La solución
perfecta y
por arte de
magia. No
hay más que
combinar lo
presencial
con lo
virtual en
la
coctelera,
agitar bien
y listo para
servir y
consumir.
Sin embargo
el concepto
Blended,
como
combinación
de lo
presencial
con lo
virtual, no
significa
nada en sí
mismo. Un
programa
Blended no
implica que
la
experiencia
de
aprendizaje
sea más
efectiva de
la misma
forma que un
proceso de
comunicación
no es más o
menos
efectivo
solo en
función del
medio
escogido. El
teléfono no
garantiza
una mejor
conversación
que una
reunión cara
a cara, pero
tampoco
peor. No es
un sustituto
ni una
amenaza, en
todo caso un
complemento
pero si la
comunicación
no es buena
de por sí en
origen, no
hay mucho
que hacer.
Tampoco la
televisión
ha reducido
la
asistencia a
los campos
de fútbol ni
el video o
la
televisión
por cable
han afectado
a las salas
de cine.
De igual
manera, un
curso vía
e-learning
no es
sinónimo de
mejor ni de
peor calidad
que uno
presencial,
está claro
que pueden
ser
complementarios.
No tienen
ningún
sentido
tratar de
que todo sea
100% online
por
definición
como tampoco
lo tiene la
situación
contraria.
Sin embargo,
si el
paradigma
sigue siendo
el mismo,
pensar que
esta
combinación
es la
solución es
un fraude.
La educación
presencial
tradicional
trata al
alumno como
un mero
espectador.
Todo sigue
girando
alrededor de
un profesor
que
monopoliza y
acapara el
espectáculo
mediante
lecciones
magistrales.
Los alumnos
se limitan a
escuchar
callados
durante
horas,
tratar de no
aburrirse,
memorizar lo
necesario
para aprobar
el examen y
continuar
avanzando.
Fabricamos
meros
asistentes,
casi nunca
participantes.
Pensar que
esta labor
del profesor
es enseñar y
esta
actividad de
alumno es
aprender es
una ilusión.
Internet ha
favorecido
la
distribución
y el acceso
a la
información.
Volviendo al
ejemplo
inicial,
antes para
ver el
espectáculo,
un partido
de fútbol,
había que
acudir al
estadio y
para el caso
de la
educación,
al aula.
Ahora no.
Como pasó
con el
fútbol y la
televisión,
sin movernos
de casa
tenemos
acceso a
cursos de
todos los
colores y
sabores. La
educación
viene a
nosotros.
Anytime,
anywhere.
Genial. Lo
grave es que
el problema
continúa
siendo el
mismo. La
versión
online se
limita a
virtualizar
lo
presencial.
El alumno
sigue siendo
el mismo
espectador
que era
antes y
además ahora
está solo y
con un
artefacto
tecnológico
de por medio
y las
autopistas
de la
información
que muchas
veces no se
comportan
como tales.
Por si fuera
poco, la
mayor parte
de los
contenidos
dejan mucho
que desear,
al igual que
ocurre con
la mayoría
de los
partidos de
fútbol. La
ecuación:
Fútbol en el
campo +
fútbol en la
tele = el
espectador
aprende a
jugar al
fútbol es
Falsa.
Aprende DE
fútbol pero
no aprende a
JUGAR que es
de lo que se
debiera
ocupar la
educación.
Por tanto,
de nuevo ¿De
qué nos
sirve tener
acceso fácil
y rápido a
unos
contenidos
pobres?
En el fondo
la palabra
Blended es
una excusa
para
perpetuar
los mismos
vicios, para
continuar
haciendo lo
que ya se
estaba
haciendo,
aprovechar
los viejos
manuales de
los cursos
presenciales,
en
definitiva
para no
tener que
replantear
las cosas de
nuevo. Hay
muy pocas
cosas que se
puedan hacer
en un aula y
que no se
puedan hacer
en
e-learning.
El
aprendizaje
natural del
ser humano
parte del
modelo del
aprendiz. La
conclusión
es muy
simple: Para
aprender es
fundamental
tener
objetivos
que
alcanzar,
metas que
cumplir.
Cualquier
intento de
facilitar el
aprendizaje,
por los
medios que
sea, que no
parta desde
los
intereses,
las
preocupaciones,
las
necesidades
de aquellos
a quienes va
dirigido,
está
condenado a
tener
problemas.
Resulta
obvio pero
apenas se
cumple,
podéis
comprobarlo
en vuestra
propia
experiencia
educativa.
Por tanto,
es
imprescindible
plantear al
participante
proyectos
reales y
basados en
objetivos
que le
interesen a
él, apoyados
en la
tutoría
socrática,
en
definitiva
en construir
simulaciones
donde puedan
practicar
aquellas
tareas que
les esperará
al día
siguiente en
su puesto de
trabajo. Que
esto ocurra
en un aula o
en la
virtualidad
no tiene
especial
relevancia.
Las buenas
noticias son
que todo
ello es
perfectamente
realizable
con apoyo de
tecnología y
es aquí
donde el
término
blended
empieza a
cobrar
sentido.
Podríamos
diseñar un
gran curso
de cocina
que mezclase
unos módulos
presenciales
teóricos y
otros vía
e-learning,
todo muy
“blended”.
El programa
abordaría
asuntos que
irían desde
como
seleccionar
los
alimentos,
como
escogerlos y
comprarlos
en el
mercado,
multitud de
recetas y
trucos,
videos de
grandes
cocineros,
etc. A nadie
se le
pasaría por
la cabeza
que la parte
principal
del curso no
fuese
practicar en
los fogones
con sartenes
y cazuelas y
quemar unos
cuantos
platos antes
de empezar a
progresar.
Pues bien,
la mayor
parte de
cursos
blended,
desde
negociación
hasta
dirección de
reuniones,
inteligencia
emocional o
finanzas se
centran en
todo menos
en practicar
las tareas
reales. Es
decir nunca
negocias con
nadie, jamás
diriges
reuniones,
no empatizas
con otros y
rara vez
realizas la
cuenta de
explotación
de una
empresa.
Mucha teoría
y nunca
práctica.
Así que si
hablamos de
blended,
tenemos que
utilizarlo
con todas
las
consecuencias:
• Qué parte
del curso
debe ser
presencial y
qué parte
virtual, qué
parte puede
ser de
autoaprendizaje
y qué parte
tutorizada,
qué parte
sincrónica y
qué parte
asincrónica,
qué papel
debe jugar
el
facilitador
presencial y
el tutor
virtual,
merece o no
la pena
diseñar
píldoras,
casos,
simulaciones,
role
playing,
ejercicios,
tutoriales,
dónde
situamos
actividades
individuales
y
actividades
en grupo,
dónde
situamos
foros de
discusión
que
recopilen
pero también
generen
conocimiento,
como
organizamos
ese
conocimiento,
cómo
diseñamos
las
comunidades
de
aprendizaje
o de
práctica,
cómo
utilizamos
técnicas de
storytelling
o action
learning,
qué
tecnologías
y recursos
podemos
emplear
(audio,
video), si
el acceso y
distribución
será vía LMS
o a través
de CD Rom,
cómo podemos
emplear
herramientas
como
weblogs,
cómo vamos a
evaluar el
aprendizaje
y el
entorno,
etc.
Esto sin
entrar a
profundizar
en todo lo
relacionado
con la
personalización
del servicio
a la medida
de las
necesidades
de cada
persona. Al
fin y al
cabo,
Internet es
el medio
idóneo para
segmentar y
tratar a
cada cliente
de manera
individual.
La educación
no debería
quedar al
margen de
está
dinámica,
mas bien al
contrario.
La
tecnología
facilita
diseñar
simulaciones
que cubren
exactamente
la brecha
entre el
mundo real y
el aula y
ofrecen al
alumno las
oportunidades
de HACER y
experimentar
que no
tienen las
aulas.
Sabemos que
tendremos
que
acostumbrarnos
a convivir
toda la vida
con un skill
gap
permanente,
ya que se
genera
conocimiento
a un ritmo
más rápido
que nuestra
capacidad de
absorberlo.
Por eso,
deberíamos
hablar de
trabajadores
del
comportamiento
más que del
conocimiento:
qué saben
hacer
(presente) y
qué son
capaces de
aprender y
desaprender
(futuro).
¿Por qué el
e-learning
no puede ser
mejor que la
formación
presencial?
En las aulas
el índice de
participación
de los
alumnos es
escaso y no
queda
registro de
esas
participaciones
esporádicas.
Conozco
algunos
buenos
proyectos de
e-learning
que ofrecen
al alumno la
posibilidad
de hacer,
investigar y
experimentar
y eso es mil
veces más
divertido y
atractivo
que estar
sentado
pasivamente
en una sala
por muy
bueno que
sea el
profesor.
Además
comparten su
aprendizaje
con otros,
con sus
pares y sus
tutores.
Colaboran,
discuten,
realizan
proyectos en
grupos,
aprenden a
relacionarse,
a
comunicarse,
a hacer
preguntas, a
buscar
información,
a
seleccionarla,
la defienden
públicamente,
la
argumentan,
etc. No se
aprende de
los que
piensan
igual que
uno.
Las
tecnologías
no cambian
la manera
que tienen
los seres
humanos de
aprender,
pero ayudan
a eliminar
obstáculos.
Aprender es
recordar, es
acción
(hacer) e
interaccion
(reflexionar
y
compartir/contrastar
con otros).
El
e-learning
no consiste
solamente en
navegar por
Internet o
en descargar
contenidos o
acceder a
diferentes
recursos.
Aprender a
través de
TICs es más
complicado
que acudir a
un aula, a
priori, hay
más
obstáculos
que tener en
cuenta. La
ventaja es
que los
ordenadores
tienen el
potencial
para dejar
de ser un
medio de
hacer las
mismas cosas
más rápido y
convertirse
en una forma
de hacer las
cosas de una
manera
diferente.
Obviamente
algunas de
habilidades
deben hacer
más hincapié
en un
trabajo
presencial y
emocional,
otras pueden
descansar
más en lo
virtual e
intelectual.
Sin embargo,
si esos
cursos no se
parecen al
trabajo para
el que
tratan de
prepararte,
no sirven de
nada por
mucho cartel
de blended
que
incorporemos.
¿Cómo vamos
a pedirles
que apliquen
lo que
aprenden en
un curso si
durante el
mismo no
tienen
ninguna
posibilidad
de
practicarlo?
En
definitiva,
aunque el
objetivo
consistiese
en enseñar a
los alumnos
a jugar a
fútbol,
creemos
lograrlo por
el mero
hecho de que
en lugar de
ir al
estadio
ahora lo
pueden ver
desde su
casa por la
tele. Eso no
es blended,
es una
mezcla
simple y
fácil.
Cambiarlo
todo para
que nada
cambie.
“Sólo el
conocimiento
que llega
desde dentro
es el
verdadero
conocimiento”.
(Sócrates)
Séptimo
pecado: El
Conocimiento
es explícito
y
transmisible.
“Estoy
seguro de
que fue en
ese momento
cuando por
fin empecé a
pensar. Es
decir,
cuando
comprendí la
diferencia
entre
aprender o
repetir
pensamientos
ajenos y
tener un
pensamiento
verdaderamente
mío, un
pensamiento
que me
comprometiera
personalmente,
no un
pensamiento
alquilado o
prestado
como la
bicicleta
que te dejan
para dar un
paseo”.
(Fernando
Savater)
El
conocimiento
(y los
términos
derivados de
Gestión del
Conocimiento
y Sociedad
del
Conocimiento),
está de moda
aunque no
tenemos
claro qué es
el
conocimiento
y menos
todavía cómo
debemos
gestionarlo.
Para muchos
es una
nebulosa. Lo
habitual es
considerar
el
conocimiento
como una
mercancía
tangible y
explicitable
y divisible
en moléculas
mas
pequeñas. Se
invierten
muchos
millones
para tratar
de gestionar
ese
intangible
que en
realidad se
genera en
las pruebas
y errores de
los
empleados,
en las
historias,
en el
trabajo de
los
principiantes/aprendices
observando a
los más
expertos y
en el
coaching y
feedback que
estos les
ofrecen, en
definitiva,
en la
práctica, la
acción y la
reflexión
sobre la
experiencia
propia o de
otro. Se
valora más
la capacidad
de
aprendizaje
(adquirir
nuevos
conocimientos)
que el
conocimiento
adquirido.
No se trata
de saber
más, ya
sabemos
muchas
cosas, sino
entender el
porqué. Si
no entiendo,
si no
averiguo ese
porqué,
entonces no
podemos
hablar de
conocimiento
sino que
memorizo
información
que, o bien
olvido o
bien no sé
utilizar ni
convertir en
acción.
Evaluamos el
conocimiento
de una
persona a
partir de
sus acciones
y decisiones
y no de lo
que dice
saber
(examen).
¿Qué
entendemos
por
conocimiento?
¿Es una
cosa, un
objeto, un
producto? En
el mundo del
e-learning,
demasiado
frecuentemente,
conocimiento
es casi
sinónimo de
contenidos.
Sin embargo
el
conocimiento
no es lo que
creemos que
es. El
verdadero
conocimiento
es
inconsciente,
lo que
habitualmente
se denomina
como
conocimiento
tácito. Esa
propiedad de
inconsciencia
hace que sea
casi
imposible de
manejar
porque elude
a su propio
dueño. El
cerebro sabe
como
ayudarnos a
no ser
conscientes.
El
conocimiento,
como explica
Agusti
Canals, es
aquello que
nos permite
tomar
decisiones y
actuar.
Acumular
información
(Internet es
una fuente
inagotable)
no nos lleva
a mejorar a
la hora de
tomar
decisiones.
La falacia
consiste en
presumir
que, al
tratarse de
un objeto,
una vez se
acumula el
conocimiento,
automáticamente
se sabe usar
apropiada y
eficientemente.
Y otra
falacia
consiste en
asumir que
el
conocimiento,
una vez
explicitado,
será
compartido y
luego
absorbido de
manera
inmediata y
obvia por
todos los
miembros de
una
organización.
Pero todos
sabemos que
el
conocimiento
no consiste
en acumular
información
mejor o peor
organizada
sino que lo
construye
cada
individuo a
través de su
experiencia
cotidiana.
Por tanto,
si te
permite
actuar,
entonces se
adquiere en
el hacer,
con la
práctica y
se demuestra
en la acción
y no
hablando de
ello. Y
entonces,
¿Dónde se
encuentra el
conocimiento?
No parece
que esté en
las
bibliotecas
ni en los
manuales ni
en las bases
de datos.
Está en las
cabezas de
las personas
… y en su
corazón. Si
estamos de
acuerdo en
este punto,
entonces
depende en
gran medida
de las
emociones,
de las
ganas, de
los estados
de ánimo,
algo que más
adelante
abordaremos.
El
conocimiento,
cuanto más
se usa, más
valor tiene
y además no
se pierde al
compartirlo.
Como ya
mencioné, en
una economía
de
servicios,
la principal
ventaja
competitiva
no radica en
los
productos,
los precios,
el capital o
la
tecnología,
radica en la
confianza y
la confianza
la generan
las
personas.
Las empresas
por tanto
empiezan a
reconocer
que dependen
de la
experiencia,
la
creatividad
y la ilusión
de las sus
integrantes.
Las personas
se mueven
por
emociones
(del latín
motere -
movimiento).
Esto
significa
que no sólo
es decisivo
seleccionar
y contratar
las personas
adecuadas,
sino también
retenerlas,
desarrollarlas
y mimarlas.
Habitualmente
se habla de
crear,
identificar,
almacenar,
distribuir y
utilizar el
conocimiento
de las
personas y
las
organizaciones.
En mi
opinión, el
conocimiento
no es
accesible a
otros de
forma
directa y
por eso
enseñar no
es una
actividad
posible,
mientras
aprender si
lo es.
Pienso que
se pueden
hacer
algunas
cosas pero
no muchas
más que
crear las
condiciones
idóneas y
adecuadas,
para que
conocimiento
se genere,
se comparta
y circule.
Para abordar
la creación
de
conocimiento,
la educación
siempre ha
tenido
tendencia a
organizarse
por
asignaturas
que los
profesores
“explican a
los
alumnos”. Se
parte de la
premisa de
que el
conocimiento
para operar
en el mundo
es una
“cosa”,
fácilmente
transmisible
desde las
personas que
lo tienen
(profesores)
a las que lo
necesitan
(alumnos).
Por tanto,
el dominio
de un cuerpo
de
asignaturas
implica
habilidad
para
resolver
problemas
reales. Ya
conocemos
las
consecuencias
de esta
suposición:
Existe una
absoluta
desconexión
entre la
formación
recibida en
las aulas y
su
correspondiente
desempeño en
el puesto de
trabajo. A
la hora de
educar,
empleamos la
palabra como
sustituto de
la acción ya
que resulta
más fácil de
evaluar. La
palabra no
es inútil ni
mucho menos
pero no
puede
sustituir a
la acción.
Sabemos que
no podemos
dar un
carnet de
conducir por
aprobar un
examen
teórico, nos
tienen que
demostrar
que saben
conducir el
coche. En
formación de
directivos
se premia a
la gente por
sus
argumentos,
por “sonar”
inteligente.
La idea de
que la gente
aprende
haciendo y
no hablando
sobre lo que
deberían
hacer o cómo
lo deberían
hacer, es
simple. No
basta con
describir
las cosas ni
hablar de
ellas, lo
útil es
aplicar el
conocimiento
y para ello
es necesario
interiorizarlo,
que forme
parte de uno
mismo.
Guardar
información
no es
difícil, lo
complicado
es
transformarlo
en acción.
La destreza
implica
capacidad de
utilizar el
conocimiento,
la mera
acumulación
no sirve de
nada.
Los
psicólogos
explican que
en el
inconsciente
permanece la
información
o procesos
psicológicos
de los que
no somos
conscientes,
ocultos en
nuestro
cerebro.
Sería como
el disco
duro de un
ordenador y
la pantalla
sería la
parte
consciente,
visible.
Imaginemos
esta
situación.
Vamos
pedaleando
en nuestra
bicicleta y
de repente,
nos
desequilibramos
ligeramente
hacia la
izquierda.
¿Hacia que
lado
giraríamos
el manillar
para evitar
caernos? Les
puedo
garantizar
que aunque
muchos
responderán
erróneamente,
hacia la
derecha, sin
embargo
harán lo
correcto,
girarán
hacia el
mismo lado
en que se
desequilibran
y evitarán
caerse.
¿Cómo es
posible que
hagamos lo
correcto y
al mismo
tiempo
pensemos lo
incorrecto?
Por que el
conocimiento
está en
nuestros
ojos, en
nuestras
manos, en
nuestras
piernas y
porque el
conocimiento
práctico es
abstracto,
intangible y
difícilmente
explicitable.
Para que el
conocimiento
se
transforme
en
inconsciente
solo existe
un camino.
Practicar
hasta un
punto en que
las cosas
ocurren
naturalmente,
sin
esfuerzo, lo
que muchos
autores
llaman el
estado de
flujo. La
mayoría de
las acciones
que lleva a
cabo un
virtuoso
ocurren,
como parte
de una
respuesta
automática,
como parte
de su
sentido
común. Es
decir, no
son el
resultado de
un proceso
racional y
ordenado de
reflexión y
acción. No
lo deciden,
sino que
simplemente
les pasa,
dejan de
prestar
atención a
la habilidad
que
ejecutan, la
han
interiorizado.
Todos
sabemos
mucho más de
lo que somos
capaces de
explicar y
esto se
refleja en
lo
complicado
que nos
resulta
enseñarlo a
otros.
Tagore
cuenta una
historia
donde un
músico
famoso trató
de enseñarle
música,
obviamente
sin éxito
alguno. Sin
embargo y
casualmente,
Tagore si
alcanzó a
recoger lo
que denomina
“conocimiento
robado” que
no tiene
nada que ver
con lo que
el músico
pretendía.
Yo puedo
decir
perfectamente
que sé sobre
cocina pero
no sé
cocinar, por
tanto no
tengo
conocimiento.
Pero no
puedo decir
que sé
cocinar pero
no tengo
conocimiento
sobre cocina
por que el
hacer lleva
implícito el
conocer. ¿Y
cómo puedo
verificar
que alguien
sabe, que
tiene
conocimiento
y es
inteligente?
Le escucho y
sobre todo
le observo
trabajar,
analizo su
comportamiento.
Déjame que
vea lo que
haces (y no
lo que
dices) y te
diré quien
eres. El
refrán dice
del dicho al
hecho hay un
gran trecho.
No basta con
decir cosas
inteligentes,
hay que
hacer cosas
inteligentes.
La
información
se
transmite,
el
conocimiento
no. Para un
directivo o
ejecutivo de
cualquier
empresa, el
conocimiento
sin
aplicación
no sirve de
nada igual
que
información
sin acceso a
ella no es
información.
Si a lo
largo de un
proceso de
aprendizaje,
los alumnos
tienen
acceso a
cualquier
tipo de
recursos
excepto a
practicar,
difícilmente
estarán
aprendiendo
algo. Esta
es la causa
por la que
olvidamos a
resolver
integrales y
por la que
los
futbolistas
o los
tenistas,
que ya saben
jugar a
fútbol y al
tenis, se
entrenan sin
embargo
todos los
días. El
conocimiento
debe ser
conocimiento
“accionable”,
que lleva a
actuar, a la
acción, a
cambiar el
comportamiento
y hacer las
cosas de
manera
diferente y
mejor.
Recopilar
supuesto
conocimiento,
hacerlo
accesible y
distribuirlo
no garantiza
gran cosa:
la mayoría
de las
personas no
lo aplican.
No basta con
tener un
entorno
virtual con
documentos,
expertos,
herramientas
(foros,
listas,
newsletters,
blogs, etc.)
si no pongo
en práctica
lo que
escucho,
analizo lo
que ocurre y
lo
internalizo.
Y esto no
ocurre
automáticamente.
Haciendo
referencia a
la cita de
Savater,
cuando uno
recuerda sus
épocas de
estudiante
se da cuenta
de que en
realidad,
somos
grandes
escuchadores
y
escritores.
Lo malo es
que rara vez
escuchamos o
escribimos
nuestras
propias
ideas,
nuestros
propios
pensamientos.
Casi siempre
repetimos lo
que otros
hicieron,
dijeron,
opinaron.
Repetimos lo
que el
profesor
quiere oír
pero casi
nunca
creamos
cosas
propias,
casi nunca
investigamos,
formulamos
hipótesis. Y
estamos
dilapidando
un enorme
caudal de
creatividad
que todo ser
humano lleva
dentro y al
mismo tiempo
generando
muy poco
conocimiento
propio.
Hay una
clase de
conocimiento
que las TICs
pueden
gestionar de
manera muy
eficaz: Las
historias y
los casos
que ayudan a
difundir y
capturar lo
tácito.
Aprendemos
de la
experiencia
propia y de
la de otros
a través de
interacciones
y
relaciones,
vía
conversaciones.
Todo el día
contamos
historias y
nos cuentan
historias.
Entendemos y
nos
explicamos
el mundo a
través de
historias.
Son la forma
en que
recordamos
el pasado y
también como
nos
imaginamos
el futuro.
Incluso
cuando
dormimos,
soñamos en
forma de
historias.
¿Qué les
contamos a
los niños
cuando son
pequeños?
Las
historias
inspiran
porque se
dirigen a
las
emociones y
no sólo a lo
racional y
por que te
llevan a
hacerte
preguntas.
La
tecnología
permite
explotar las
historias:
hacerlas más
accesibles
que el cara
a cara,
llegar a
mayor
audiencia y
poder
revisarlas
tantas veces
como se
quiera.
Otro
problema
consiste en
la tendencia
a confundir
conocimiento
con
inteligencia.
¿Qué
significa la
Inteligencia?
¿Tener un
alto
coeficiente
intelectual?
Del latín
Inter
eligire -
elegir
entre,
decidir.
¿Cómo se
demuestra la
inteligencia?
La forma más
obvia es
mediante una
conversación,
alguien es
inteligente
cuando su
respuesta es
coherente
con lo que
le hemos
dicho. Ser
inteligente
significa
tener buenas
historias
que contar,
de hecho
contar la
historia
adecuada en
momento
oportuno.
Aunque
apenas nos
damos
cuenta,
pasamos todo
el día
manteniendo
un dialogo
permanente
con nosotros
mismos. En
las empresas
gestionamos
flujos de
dinero,
flujos de
datos a
través de
las redes,
pero ¿Qué
pasa con los
flujos de
conversaciones
entre las
personas? Se
pierden y
con ello
desperdiciamos
un valioso
capital.
Por ejemplo,
los
ordenadores
son rápidos,
exactos y
estúpidos.
Son capaces
de vencer al
campeón
mundial de
ajedrez o
realizar
cálculos
sofisticados
pero por
ahora son
incapaces de
mantener una
conversación
o contar una
historia.
¿Pero cuanto
tiempo
pasará hasta
que lo
hagan?
¿Serán
entonces
inteligentes?
¿Tendrán
conocimiento?
Un requisito
indispensable
para que
ocurra el
aprendizaje
son las
emociones.
La emoción
crea
atención.
Cuando algo
nos emociona
y atrae nos
sentimos
mucho mas
involucrados.
No olvidemos
que en el
feto, el
corazón se
forma antes
que el
cerebro.
Sentimos
antes que
pensamos. La
atención
produce
significados
porque
automáticamente
buscamos
explicarnos
lo que
estamos
experimentando.
Y estos
significados
los
almacenamos
en la
memoria para
acceder a
ellos
siempre que
los volvamos
a necesitar
en el
futuro. Por
eso el
aprendizaje
exige
Objetivos
que
perseguir
(me
interesa),
Emociones
(me pregunto
por qué),
Investigación
(¿qué
pasaría?),
Frustración
(tengo que
arreglar
esto),
Reflexión
(tal vez la
razón sea
esta) y
finalmente
Explicación
(eureka).
El mundo es
emoción y no
racionalidad,
son
sensaciones,
el fútbol es
un estado de
ánimo, como
dice
Valdano, y
la vida
también lo
es. El
paradigma
que sostiene
que la
reflexión es
atributo de
la mente y
la acción es
atributo del
cuerpo es
erróneo. Y
su
consecuencia
es pensar
que en el
cerebro se
diseña lo
que luego
los cuerpos
ejecutan.
Nunca el ser
humano ha
estado más
comunicado,
y sin
embargo
nunca el ser
humano se ha
sentido más
solo.
No hay que
olvidar que,
en cierta
manera, la
Web fue
concebida en
sus inicios
como un
proyecto
para la
gestión del
conocimiento
y
compartición
de
información
entre los
científicos.
El
conocimiento
no es
estático
sino
dinámico,
hay que
actualizarlo
a ritmos y
con
frecuencias
cada vez más
rápidos. Lo
que ocurre
es que
gestionar
este activo
tan etéreo
es todavía
más
complicado
si no
consensuamos
primero de
lo que
estamos
hablando.
“No hay
nada de
extraordinario
en ello.
Todo lo que
hay que
hacer es
pulsar la
tecla
adecuada y
el
instrumento
se toca a si
mismo”. (J.
S. Bach)
A mi modo de
ver, la
conclusión
es bastante
obvia: La
educación
tal y como
la conocemos
está herida
de muerte y
el
e-learning
forma parte
de este
escenario.
La irrupción
de una
generación
nueva
(digital) y
la necesidad
de
aprendizaje
permanente
convergen en
un vértice
común: la
tecnología.
Así como la
era de
desplazarse
durante
largas
distancias a
pie o a
caballo o
fabricar
productos
artesanalmente
quedaron
arrinconadas
hace ya
mucho
tiempo, la
era de la
educación
tradicional
también está
agonizando.
Lo que
ocurre es
que para
empezar, hay
tres
problemas
que hace
falta
abordar:
El primero
es que en la
educación
faltan
oportunidades
de practicar
las
habilidades
que se
tratan de
enseñar.
El segundo
es que
tenemos
serios
problemas
para
mantener la
motivación
durante el
tiempo
necesario
para lograr
competencia
en esas
habilidades.
Los alumnos
salen, en
ocasiones,
entusiasmados
del curso
pero al cabo
de pocos
días la
llama y la
energía se
apagan.
El tercero
es que
e-learning
no tiene
mucho futuro
si no es
capaz de
ofrecer
valor y para
ello debe
vincularse a
los
objetivos de
negocio de
la empresa.
Pocos
directivos
consideran
todavía que
aprender es
trabajar.
Nadie hace
formación
por hacer
formación.
La formación
es un medio,
nunca un
fin. Cuando
un directivo
pide un
curso de
e-learning,
se está
refiriendo a
la solución
pero no nos
dice nada
sobre el
problema/oportunidad
de negocio
que quiere
resolver ni
sobre las
causas que
lo originan.
Y en
demasiadas
ocasiones,
es muy
posible que
una solución
de
e-learning
no tenga
ningún
impacto
sobre dicho
problema y
por ende,
sobre los
resultados
de negocio
ya que la
formación no
es la
solución
apropiada
para la
brecha en el
desempeño.
Esto quiere
decir que es
imprescindible
evaluar la
brecha de
resultados
inicial (qué
hacen y qué
deberían
hacer –
venden 50 y
deberían
vender 100)
y por qué
ocurre. Si
no tengo
brecha y
causas,
puede que el
problema no
se resuelva
con
formación.
Para
disparar
primero hay
que apuntar
y eso
implica
realizar un
análisis y
un
diagnóstico
exhaustivo o
corremos el
peligro de
no elegir la
solución
correcta. La
fase de
desarrollo
puede ser
eficiente
(aunque la
mayoría de
empresas
reconoce
tener muchos
problemas).
Pero la fase
de
diagnostico,
que suele
ser crítica,
se hace
deficientemente
(eso cuando
se hace).
Para hablar
de
evaluación,
primero hay
que hablar
de
diagnostico
y por tanto
la
evaluación
comienza
desde el
principio y
no ocurre al
final.
Los alumnos
cambian, la
sociedad
cambia, los
negocios
cambian,
pero la
educación no
cambia. Si
la sociedad
y la
economía ya
están
basadas en
el
conocimiento,
la educación
no puede
seguir un
camino
diferente.
En esta
sociedad del
conocimiento,
los
servicios
han iniciado
el camino
inverso y se
dirigen al
consumidor,
se supone
que para
hacerle la
vida más
sencilla: el
banco viene
a mi casa y
gracias a la
banca por
Internet ya
no necesito
pasar por
una sucursal
bancaria, el
supermercado
viene a mi
casa y me
permite
hacer la
compra por
Internet, la
comida viene
a mi casa,
el
entretenimiento
también e
incluso la
educación ha
empezado
tímidamente
este proceso
y en no
mucho tiempo
incluso el
trabajo
vendrá a
nosotros.
Mucho de lo
que antes
era “en vivo
y en
directo”,
ahora es
virtual:
escuchamos
más música
grabada
(radio, CD,
mp3) que en
conciertos,
vemos más
películas en
video y
televisión
(cable,
satélite,
pay per
view) que en
el cine y
teatro,
vemos mas
partidos en
casa que en
el estadio,
incluso la
misa, los
predicadores
y hasta las
ejecuciones
se
retransmiten.
Todo lo que
se hace en
la academia
se puede
replicar
online:
lecciones,
evaluaciones,
contenidos,
preguntas,
discusiones,
expertos,
etc. Lo más
importante
del
presencial
son los
amigos, las
conversaciones,
algunos
profesores
excepcionales
y las
experiencias
compartidas
pero no
necesariamente
las clases.
Hacer la
enseñanza
motivante
debiese ser
uno de los
grandes
objetivos de
las
instituciones
educativas
ya que su
futuro
depende de
ello. Y no
solo eso,
sobre todo
monitorear
continuamente
cuan
motivado
está el
alumno y
para ellos,
las
tecnologías
nos
facilitan
obtener
feedback en
cada
interaccion
que el
alumno haga.
En el
e-learning
tengo la
sensación de
que estamos
en plena
crisis de
innovación.
No parece
haber mucho
de nuevo en
la Web. El
e-learning
aparenta
estancamiento.
Casi todos
los cursos
se parecen
entre sí y
actúan del
mismo modo.
El mismo
refresco de
siempre en
una botella
nueva. Pero
si miramos
la botella
medio llena,
tenemos por
delante un
panorama con
unas enormes
posibilidades
de explorar
y que se ha
mantenido
inmóvil
durante
muchísimos
años. Sólo
nos hace
falta el
valor de
afrontar el
reto con una
nueva
mentalidad.
No se puede
enseñar nada
a nadie como
decía
Galileo, no
puedes
convertir a
una persona
en un
conocedor.
Esto es algo
que han de
hacer por
ellos
mismos. Lo
que sí
podemos
hacer es
crear las
condiciones
para que
esto suceda.
Y esto
ocurre a
partir de
experiencias,
porque es la
forma como
construimos
el
conocimiento.
Aprender es
un proceso
que exige
tiempo. No
es un curso
que comienza
y acaba.
Aprender es
un recorrido
que además
debe ser
entretenido.
Un cerebro
que disfruta
es más
proclive a
aprender. En
realidad
nada que no
se conozca
desde el
principio de
los tiempos
pero que ha
quedado
sepultado en
el olvido
durante
demasiados
siglos.
Charles
Kettering de
General
Motors, una
de las
mentes más
creativas de
este siglo
lo resume
bien:
Un inventor
no es más
que una
persona que
no se toma
la educación
demasiado en
serio. Desde
que tenemos
6 años hasta
que
terminamos
nuestra
carrera
universitaria,
hay que
pasar
montones de
exámenes al
año. Si
suspendemos
uno, estamos
perdidos.
Pero un
inventor
está
fracasando
casi
siempre. Lo
intenta y
fracasa
quizá mil
veces. Pero
si lo
consigue, es
estupendo.
Son dos
cosas
diametralmente
opuestas. Yo
suelo decir
que el
trabajo más
importante
es el de
enseñar a un
nuevo
empleado a
fracasar
inteligentemente.
Es preciso
que le
enseñemos a
experimentar
una y otra
vez y a
seguir
intentándolo
y
equivocándose
hasta que
sepa a
ciencia
cierta lo
que
funciona.
Tan simple,
tan claro
pero al
mismo tiempo
tan
infrecuente,
tan poco
habitual.
Creo
firmemente
que el
futuro de la
sociedad
depende de
la calidad
de la
educación.
Claro que
una de las
necesidades
más
acuciantes
es empezar
equiparando
las
inversiones
en
investigación
educativa
con las
inversiones
en sectores
como el
aeroespacial,
salud o
defensa por
citar
algunos
ejemplos.
Para
finalizar,
dejo abierta
una pregunta
simple pero
elocuente
que nos
expone a
cada uno de
nosotros
frente a la
situación
actual donde
la educación
a distancia
(y así es
como se
identifica
al
e-learning)
sigue
considerándose
como una
educación de
segunda
clase:
¿Cuantos de
nosotros
haríamos un
MBA online
teniendo el
mismo MBA
presencial
al lado de
casa?
“Si
usted cree
que la
educación es
cara, pruebe
con la
ignorancia”.
(Derek Blok)
|
|
|
|