Justo después de escuchar a los
grandes gurús en el Expomanagement´2004 de Madrid, me he
animado a escribir nuevos párrafos sobre la integridad: creo
que esta fortaleza constituye una de las claves para avanzar
en el camino que se nos viene predicando. Covey, Teerlink,
Maguire, Senge, Bedbury, Trías de Bes, Rovira, Peters...;
casi todos los conferenciantes hablaron de la activación
emocional de las personas, dejando constancia de la vigencia
de esta fórmula. La propia gestión del conocimiento, que nos
reúne en gestiondelconocimiento.com, se beneficia de esta
activación emocional. Cabe admitir que la falta de
integridad constituye un freno, entre otros, para la
necesaria confianza mutua en las organizaciones, y, en
general, para la motivación, la iniciativa, el compromiso y
el resto de edificantes emociones. Si el lector lo acepta,
revisaremos entonces las diferencias entre el aire fresco
de la integridad y el viciado de la corrupción: dos
atmósferas de efectos bien distintos.
Cabe empezar insistiendo en que la integridad
–como explica Carter– exige distinguir entre lo que uno,
meditadamente, considera justo/correcto y lo que considera
incorrecto/inicuo, y elegir luego lo primero, aunque suponga
algún coste personal; que exige además mantenerse en esa
elección, aun en condiciones adversas y ante posibles
presiones o tentaciones. Claro, se nos ocurren cosas como,
por ejemplo, que un dictador puede ser perfectamente
íntegro, y un presidente de gobierno democrático puede ser
corrupto; y que podemos ver el integrismo como un exceso
condenable de integridad. Subrayemos ya la importancia de
distinguir bien entre lo bueno y lo malo, y, en caso de
duda, entre el bien común y el particular. Pero habría que
recordar igualmente que, por corrupción, cabe entender desde
la claramente codiciosa hasta la meramente negligente.
Ubicándonos ya en el mundo de la empresa, y
en sus declaraciones de valores, habría también que acotar
la integridad. Parece apostarse por una integridad sólida,
compatible con la amplitud de miras y el inexcusable buen
juicio; por una integridad consciente de la realidad,
adaptada a ella y orientada al bien común; por una
integridad alimentadora de la autoestima y el prestigio; por
una integridad catalizadora de las relaciones de confianza;
por una integridad tan alejada del integrismo como de la
corruptibilidad; por una integridad potente y patente,
flexible pero irrompible. Por una integridad de todos. Por
la integridad total. “Sin la integridad, la motivación
resulta peligrosa”: lo sostiene Dee Hock, fundador de VISA.
Pero también habríamos de definir mejor la
corrupción, empezando por admitir un espacio de nadie entre
ésta y la integridad. Partiendo de la alta corrupción
(estafa, fraude, extorsiones, artificios contables,
cohecho...), el concepto abarcaría también la corrupción
económica de menor dimensión, la complicidad interesada, la
preeminencia de intereses personales, la irresponsabilidad,
la gandulería, el deterioro de los buenos usos y
costumbres...; de modo que al llegar al mero cumplimiento de
las normas y leyes, entraríamos ya en la zona intermedia
entre la corrupción y la integridad, donde también
ubicaríamos la corruptibilidad. ¿Lo ve así el lector?
En un primer artículo mío (publicado en
Training & Development Digest y luego en numerosos portales
de Internet), ya conveníamos en que una persona íntegra –que
lo es aunque no la vean– es una persona de principios, de
palabra, de fiar, incorruptible, que obra en conciencia, que
llama pan al pan y vino al vino, que no elude su
responsabilidad. Atendiendo también a la etimología, un
individuo íntegro sería una persona entera, sólida, sin
fisuras en sus principios y valores, coherente, consecuente,
compacta. O sea que –añadíamos–, sin la integridad, no
estamos propiamente completos como seres humanos; aunque no
faltará quien piense que de humanos es precisamente sucumbir
a las tentaciones... La integridad parece precisamente
integrar a una noble familia de virtuosos atributos o
fortalezas del carácter: honradez, templanza, autenticidad,
valor, justicia, responsabilidad, lealtad, autodisciplina,
compromiso, perseverancia, altruismo... Decíamos también que
Goleman, en Working with emotional intelligence,
sostiene que las personas íntegras:
·
Actúan ética e intachablemente.
·
Son honradas y sinceras, de modo que se ganan
la confianza de su entorno.
·
Admiten sus errores o desaciertos.
·
No dudan en señalar las acciones poco éticas
de los demás.
·
Adoptan posturas fundamentadas en sus
principios, aunque resulten impopulares.
·
Cumplen su palabra.
·
Se caracterizan también por la responsabilidad
y la profesionalidad.
Conductas ajenas a la ética
Si se acepta la analogía, algunas empresas
nos recuerdan las dictaduras, porque en ellas no hay
libertad de prensa, y nadie puede, en su hipotético caso,
criticar a aquellos altos ejecutivos que, amparados quizá en
sus poderes notariales recibidos de la poderdante,
hacen ostensión de inmoralidad mediante conductas,
típicamente impunes, como las recogidas en la lista
siguiente. Confiamos en que ningún ejecutivo reúna tanto
desorden fuera de las historias de ficción, aunque no
descartamos que haya, en algún sitio, quien lo supere y
hasta reciba, por ejemplo, comisión del arrendador de las
oficinas de la empresa. De momento, recuerdo haber oído a
Tom Peters en Madrid, delante de unos 2.000 ejecutivos y
directivos: “Todos hablamos de las personas, pero el 98%
miente”. Al menos, así lo dijo el traductor simultáneo.
Algunas worst practices de ejecutivos
y directivos no íntegros:
·
Utilizar la empresa para hacer negocios de
carácter personal.
·
Recibir comisiones de proveedores de
servicios, a tal efecto contratados.
· Castigar
económica y psicológicamente a los colaboradores que
conservan independencia de criterio.
·
Practicar el acoso sexual, aprovechando la
posición de poder.
·
Beneficiar a amigos o familiares, a cargo de
la empresa.
·
Distribuir privilegios entre los empleados, de
forma caprichosa o bajo espurios intereses personales.
·
Hacer de la mentira y el cinismo herramientas
habituales de comunicación.
·
Preferir la tranquilidad a la verdad y
castigar a los mensajeros.
·
Llevar a extremos la petulancia o narcisismo,
con peligro de espantar incluso a los clientes.
·
Humillar públicamente a los subordinados y
descalificar a los ausentes.
·
Utilizar medios y fondos de la empresa para
fines particulares.
·
Mentir al mercado en informes, notas de
prensa, etc.
·
Asignarse suplementos dinerarios
injustificados.
·
Excederse en los viajes y realizarlos con
fines particulares.
·
Practicar artificios contables, para evadir
impuestos u otros fines perversos.
Imaginen también que el CEO de un grupo
empresarial vende en especialmente buenas condiciones una de
las empresas del grupo y luego, dos años después, aparece
como dueño de ella... Imaginen que el director de un
departamento de una gran empresa dispone de un presupuesto
de varios millones de euros para adquirir en el mercado
determinados productos, que hace gala de ello en los medios
de comunicación, que convoca a una reunión a unos cuantos
proveedores seleccionados, que paralelamente hace
declaraciones diciendo que no es partidario de una calidad
excelente de aquellos productos... Imaginen que un consejero
delegado despliega una intensa campaña de prensa diciendo,
entre otras cosas, que sus ventas se multiplicarán por 4 en
dos años, aunque luego, en realidad, sus ventas disminuyen y
registra grandes pérdidas...
Imaginen que un director general tiene la
costumbre de planear viajes de dudosa necesidad, a los que
siempre se lleva a alguna subordinada... Imaginen que un
alto directivo de una gran empresa, consciente de la
resonancia de su puesto, se incorpora a las Juntas
Directivas de diversas asociaciones profesionales, en las
que lleva a cabo relevantes papeles; hay que suponer que
seguirá atendiendo a su función en la gran empresa, de la
que cobra un elevado sueldo, pero... Imaginen que un CEO
firma continuos acuerdos de colaboración con otras empresas,
con resonancia en el mercado pero sin que realmente se
compartan proyectos... Recuerden, si las noticias estaban
bien fundadas, las condiciones en que se jubiló John Welch
después de resultar un líder ejemplar... Recuerden cómo
salió Pierre Suard de Alcatel... Si hay una mayoría de la
población de la empresa que interpreta estas conductas
igualmente, quizá esté en lo cierto; pero el hecho es que,
lo esté o no, el ambiente se enrarece y las emociones
positivas se inhiben, cuando las personas contemplan en sus
mandos prácticas dudosas y no explicadas.
El dilema del testigo
La pregunta es: ¿qué han de hacer sus
subordinados íntegros, ante un ejecutivo, quizá un consejero
delegado, que reuniera algunas de las conductas de la lista
anterior, contrarias a la postulada integridad y
ejemplaridad? Quizá algo de lo que sigue:
A)
Mostrarse corruptibles e intentar obtener beneficio
personal de la situación.
B)
Cerrar ojos, oídos y boca, en beneficio del status
alcanzado, y ser políticamente correcto.
C)
Nada... Pero caramba, si esto es lo más normal del
mundo... y además no se puede demostrar.
D)
Engañarse pensando que la integridad consiste en
someterse leal y ciegamente a la autoridad establecida.
E)
Buscar otro puesto de trabajo y, mientras, aguantar
con cierta dignidad.
F)
Advertir respetuosamente al corrupto del impacto de
su actuación, y alejarse emocionalmente de él (o ella)...
Aunque, bien pensado, no es recomendable.
G)
Dejar notar su posicionamiento contrario a la
corrupción, la impericia, la injusticia o la falsedad
presentes.
H)
Informar, si surge la oportunidad y el medio, a los
propietarios o máximos dirigentes de la compañía, salvo que
se barrunte complicidad.
I)
Organizar una manifestación.
J)
_______________________________________
K)
_________________________________________
El lector tendrá su propia respuesta, J o K,
pero éstas que hemos improvisado intentan representar, sin
estar seguros del orden, distintos grados de integridad; a
nosotros nos parece que la respuesta E ya merecería el
aprobado, y sólo buscaríamos nota en circunstancias
favorables (clamor o escándalo de la situación, claros
perjudicados, etc.) o gozando de cierta protección. Pero, en
su caso, el hecho de quedarse en el aprobado como mejor
opción personal, no debería ocultarnos la existencia de
alternativas más íntegras. La renuncia a éstas no ha de
suponer necesariamente falta de valor e integridad, pero
convivir con la corrupción durante mucho tiempo puede
afectar a la salud de los íntegros, hasta la somatización.
En cualquier caso, conviene que seamos conscientes de hasta
dónde llega nuestra integridad (o nuestra corrupción), y si,
concretamente y en su caso, contemplaría la denuncia o no.
No hace falta decir que denunciar en falso, o
exagerando el delito, o con propósitos espurios, es
altamente repugnante, y que, en principio, todos somos
inocentes; pero, aunque también resulte innecesario, sí
queremos recordar que la falta de pruebas de corrupción en
la empresa (como en la política) no supone necesariamente
inocencia. Y tenemos que decir también que seguramente la
mayoría de los altos ejecutivos son honrados; nos estamos
fijando en quienes no lo son por el grave daño que hacen a
la colectividad.
En definitiva, queríamos someter a reflexión
la integridad de quienes son testigos de la corrupción,
entendida ésta ampliamente como degeneración de principios y
comportamientos bajo el amparo del poder que se administra,
y aunque no hubiera enriquecimiento asociado. Parece un tema
para debate. Si leen el último libro de Seligman “La
auténtica felicidad”, el autor relaciona la integridad
con el valor, y formula un ejemplo: “Denunciar prácticas
corruptas dentro de la empresa u organización”. Una cosa era
el distanciamiento emocional y el manifestar ante colegas el
desacuerdo con determinadas conductas, y otra la denuncia
formal por cauces más o menos establecidos y fiables dentro
de la empresa, confiando en que hubiera, como cabe suponer,
instancias íntegras por encima del presunto corrupto.
Nos parece que, para denunciar de buena fe la
corrupción de un superior jerárquico, con ánimo de ponerle
fin y evitar perjuicios a inocentes (scapegoats), un
directivo o trabajador íntegro habría de estar seguro
(certeza moral) de que:
§
hay verdaderamente corrupción grave (de tipo
económico o de otro tipo);
§
la empresa ha apostado por la integridad y la
ética;
§
no corre grandes riesgos.
Si no se nos olvida nada, y si el denunciante
no puede aguantar más, nos aseguraríamos de las tres
condiciones antes de denunciar un caso, porque el valor no
debe ser insensato. Pero, ¿prevé la integridad algún paso
previo a la denuncia interna? ¿Cuál es la mejor forma de
denunciar? A ver... No le den muchas vueltas: si la empresa
desea luchar contra la corrupción, habrá previsto y sugerido
las respuestas sin olvidarse de proteger al testigo; y si no
es así, la denuncia no es aconsejable y puede estar
contraindicada. Si duda, y la considera genuina, consulte a
su intuición; pero muévase por la integridad y no se deje
llevar por posibles propósitos subyacentes, espurios o de
dudosa legitimidad. Todos sabemos que algunos de los que
administran poder dentro de las empresas abusan de él, pero
puede ocurrir que las instancias superiores lo toleren, o
incluso lo inspiren. Por otra parte, si la empresa hiciera
demasiado visible su lucha contra la corrupción, parecería
que desconfía de sus personas y, probablemente, espantaría
clientes.
Estos días, la prensa nos habla de torturas a
presos iraquíes, y da la sensación de que las autoridades de
EEUU están más enojadas con los denunciantes que con los
autores y los responsables del abominable, repugnante,
execrable trato a detenidos y detenidas. Desgraciadamente la
historia nos ofrece demasiados ejemplos de abusos similares,
incluso en nombre de la justicia, la ley, el orden, la
religión, etc. Esperemos a ver en qué queda el caso, pero no
me desprecien por creer que las torturas eran conocidas, y
aun inspiradas, por los mandos, como si el fin justificara
los medios. Pues la empresa, grande o pequeña, constituye
otro ambiente en que el poder, aunque no lo haga
físicamente, se excede con alguna frecuencia, y donde reina,
también a veces, un triste mutismo. Apenas recientemente se
ha empezado a hablar, por ejemplo, del mobbing, lo
que hay que agradecer quizá especialmente a Iñaki Piñuel,
hombre del mundo universitario.
La corrupción, un freno
Es obvio que la corrupción supone un grave
freno a la prosperidad de la empresa, porque el beneficio se
escapa, y, a menudo se producen, por ejemplo, despidos de
personas a modo de scapegoats. Pero, paralelamente,
la corrupción desactiva los recursos emocionales positivos a
que aluden los gurús. Si el trabajador percibe la corrupción
–así es casi siempre–, se corromperá también en alguna
medida, aparecerán sus emociones y actitudes negativas
–miedo, vergüenza, envidia, frustración, indignación,
desconexión...–, o buscará aire más limpio. Desde la
corrupción no se pueden pedir esfuerzos adicionales, ni se
puede hablar de visión compartida, ni de proactividad, ni de
alto rendimiento, ni de confianza, ni de lealtad, ni de
orgullo de pertenencia, ni de compromiso, ni de trabajo en
equipo, ni de liderazgo, ni de sinergias, ni de orientación
al cliente...; lo que pasa es que el corrupto también es
habitualmente cínico, y puede hablar de todo ello.
La integridad, un motor
La integridad, en cambio y siendo igualmente
contagiosa, fortalece la organización, nutre la confianza de
los clientes, favorece la comunicación interna, contribuye a
la alineación de esfuerzos..., pero –sobre todo y lo que
queríamos subrayar– desata y libera la energía emocional de
que hablan los gurús (compromiso, motivación, creatividad,
iniciativa...), y contribuye a los resultados. No hemos
conocido ningún caso de éxito impactante y duradero, que no
llevara asociado una notable carga emocional positiva en sus
personas, en algún modo partícipes del proyecto empresarial
y con visible espíritu de comunidad. Nos han hablado esta
vez, en el Expomanagement de Madrid, de Nike, FedEX,
Starbucks, Harley-Davidson..., pero en España también
tenemos buenos ejemplos en diferentes sectores.
La integridad, que se orienta al bien común,
favorece el pensamiento ganar-ganar frente al de
ganar-perder; y éste es el modo de pensar que conduce a la
prosperidad. (¿Leyeron ya “La Buena Suerte/Claves de la
Prosperidad”, de Fernando Trías de Bes y Álex Rovira?).
Obviamente, como todo se adultera, un proveedor y su cliente
podrían repartirse las ganancias “extras” en perjuicio de
terceros, y pensar que aplican el principio de ganar-ganar;
pero esto sería, antes o después, detectado por los
“terceros”. El bien común, en suma, viene a ser una especie
de seguro, a casi todo riesgo.
Comentario final
Dejaríamos la reflexión o el
análisis-síntesis para el lector que haya llegado hasta
aquí, pero creemos que la tan postulada activación emocional
de las personas debe salvar obstáculos y contar con
catalizadores dentro de la organización. Creemos también que
la clave en la opción colectiva entre integridad o
corrupción está en la Alta Dirección y que no sobra recordar
aquí que a Peter Drucker le horroriza la codicia de los
ejecutivos de hoy. Le debe horrorizar a más gente, pero
parece más significativo cuando lo dice Peter Drucker. Y
digamos también que hemos hablado más de integridad que de
ética porque vemos a ésta como la norma moral admitida,
mientras que la integridad nos parece algo personal y más
auténtico.